Mis 90 días en la 4T.
Parte 4: El control de la confianza, antidumping
Resulta que para entrar al ámbito de la seguridad pública la ley exige que los funcionarios pasen una prueba de control de confianza. Lo extravagante de la 4T es que contratan funcionarios antes de que tengan los resultados del control de confianza. Pecata minuta, “el PRI robó más”, diría el Peje.
En nuestro caso, a 40 funcionarios que ingresamos el 1 de noviembre de 2019, nos presentamos el viernes y sábado 18 y 19 de octubre en Reforma 364 a realizar nuestras evaluaciones. En ayunas y a las 5 am.
Ya me sé el viejo cuento de las ayunas en México. Para cualquier análisis clínico te piden ir en ayunas, aunque medicamente no sea necesario. He donado sangre en cuatro países y en el único donde te piden acudir en ayunas es en México. Bueno, eso no es culpa de la 4T.
Mi querida esposa hizo el favor de levantarse a las 3:50 am para llevarme a CDMX a las evaluaciones de control de confianza. Ahí estaba yo, a las 4:50 am y como lo sospeché, ya había una fila afuera del edificio cercano al Ángel, unas 20 personas. Para mi suerte, alguien dijo:
—Los que vengan para ingresar a la SSPC, pasen para acá.
No me lo dijeron dos veces y pasé con un grupo de seis personas. Nos sentaron en una sala con unas 50 sillas y nos pidieron un formato que habíamos llenado previamente. En menos de diez minutos corearon mi nombre y me pidieron pasar con otras dos personas. Un funcionario nos pidió que lo siguiéramos con credencial del INE en mano, identificación que otro policía federal revisó en el lobby del edificio antes de subir al elevador. Destino: piso 1.
Nos pidieron sentarnos afuera de oficinas que simulaban consultorios, lo eran. Un doctor que dijo mi nombre me preguntó si iba en ayunas.
—Sí, claro, respondí —había tomado un café antes, siempre he considerado que beber café es ir en ayunas.
—Pase.
Me pidió sentarme en un sillón de dentista y me revisó los dientes. Recordé una serie gringa, Roots, en la que los amos de la plantación revisaban los dientes a los esclavos antes de comprarlos. Él hizo unas marcas en un papel con mi nombre y el mapa de mis dientes. Solo lo firmó, pude ver cuando me lo dio acompañado de una serie de etiquetas largas y delgadas con códigos de barras y mi nombre completo.
—Ahora pase al oculista, saliendo a la derecha, dele ese papel —ordenó.
Me despedí y le hice caso. Ahí, luego, luego, en el pasillo, había otro tipo de bata.
“Este debe ser el oculista” —deduje sin mucho esfuerzo.
Y sí era. Al ver que yo tenía lentes, me preguntó si veía bien.
—Pues con lentes, sí.
Me pidió sentarme y leer las letras en el clásico póster en la pared. Yo se las dije.
—Necesita revisión —dijo y pegó una etiqueta en el papel donde estaba el dibujo de mis dientes.
—Creo que sí —dije.
—Siéntese afuere y espere a que le llame el médico —ordenó.
Volví a obedecer.
Una doctora me pidió pasar a otro consultorio.
—Se va a desvestir, pero se va a quedar en ropa interior. ¿Me entendió?
—Sí.
—¿Con que ropa se va a quedar? —Preguntó.
—Con mi ropa interior —dije.
—Adelante, pase al vestidor.
Pasé y me desvestí hasta quedar en boxers. Salí entonces al rencuentro con ella. La doctora me pidió una de las etiquetas con mi nombre. Luego, me ordenó extender los brazos hacia los lados y me observó detenidamente. Me pidió darle la espalda y extender de nuevo los brazos. Sin duda buscaba tatuajes o cicatrices en mi piel. Tatuajes no tengo, no he tenido tiempo de ir a hacérmelos. Y cicatrices tengo tres circulares bajo la axila, producto del día en que me electrocuté en Iguala a los 12 años. Esa es otra historia.
—Haga tres sentadillas —me ordenó.
Las hice.
—Ahora tres lagartijas.
Obedecí.
—Siéntese en el banco.
Ya sentado me acercó el frío estetoscopio y escuchó mi corazón.
—Vístase y entregué este papel en laboratorio.
Seguí ordenes. El laboratorio estaba por un pasillo a la derecha, pude llegar sin problemas, había unas 20 sillas ocupadas y cuatro cubículos de toma de sangre. Todo se movía de manera muy ágil, debo admitirlo. Apenas me senté y una enfermera dijo mi nombre y me llevó a su cubículo. Ahí me pidió una etiqueta con mi nombre y que me descubriera el brazo. Me volvió a preguntar si venía en ayunas, dije que sí y me hizo una toma de sangre.
—¿Con esto qué detectan? —Pregunté.
—Antidumping —respondió.
—¿Cuál droga?
—No puedo decirle. Saliendo de aquí va a la toma de orina, debe de tomar agua antes de pasar por que le van a pedir que orine de inmediato en unos frascos.
Le hice caso y me bebí medio litro de agua de un garrafón que había en el centro de la sala y alrededor del cuál había cola para beber. Pasé a otra sala a la derecha. Ahí, había hileras de cuatro hombres y de dos mujeres. Me senté en una hilera de hombres. Llegó un oficial de la policía federal y nos pidió a cuatro tipos de la fila que nos pusiéramos de pie y lo siguiéramos.
Entramos a lo que podría catalogarse como un baño que en el centro tenía una mesa de metal. Al entrar nos entregaron tres frascos. El olor a orines lo delataba, pero no, no estaba sucio, simplemente olía a puros y muchos miados. En el centro había una mesa de metal. Era un baño panóptico dividido en cuatro, en cada división había un mingitorio colocado de manera lateral y no pegado al muro como es la norma. De tal forma, se puede ver a los hombres cuando orinan.
—Buenos días, caballeros —dijo un médico desde la entrada—. Sobre la mesa abren sus frascos y van a pegarle a cada uno de los tres una etiqueta con su nombre. Enseguida los colocan sobre la mesa. —Todos obedecimos—. Un oficial los va a observar para asegurarse que no coloquen ninguna sustancia diferente a su orina en los frascos. Ustedes los van a llenar uno por uno en el mingitorio, después, los van a tapar sobre la mesa.
Bajo la mirada inquisitiva de un oficial con uniforme, chaparrito y de bigote, a quien no me atreví a ver a los ojos, mis tres compañeros y yo seguimos la instrucción. No quiero dar datos ni detalles de lo complicado y salpicado que es llenar tres frasquitos con chorritos de orina bajo vigilancia. Afortunadamente, hay rollos de toallas absorbentes, de esas de cocina, al alcance de la mano más torpe para eliminar cualquier gota de error.