Los océanos, esas enormes fuentes de vida, que regulan las condiciones del planeta en gran medida, están siendo agredidos a gran y continua escala, por las acciones del ser humano; acciones con consecuencias que si bien, en un principio se consideraban producto del desconocimiento del hombre sobre la naturaleza y sus procesos o que en otras épocas se pasaban por alto, puesto que por su intensidad y escala no representaban consecuencias graves para el entorno marino, actualmente, son más bien, fruto de una irresponsabilidad que raya en la desidia, en la estupidez y hasta en la perversión.
El hombre, por la razón que sea, “justificada” o no, está alterando los procesos químicos, físicos y biológicos de los océanos (nada que cause daños permanentes o que degrade un sistema o sus procesos, debería merecer el mote de “justificado”, puesto que esa palabra se utiliza como licencia para abiertamente devastar casi cualquier cosa).
Desde hace unas décadas, los científicos están advirtiendo sobre la degradación por causas antropocéntricas de los procesos naturales en los mares, pero ahora se cuenta con un cúmulo de evidencias que ni la estratagema más envilecida de cualquier grupo de poder, puede ocultar.
Estas modificaciones causan diversos daños, que impactan en su delicado equilibrio y en su biodiversidad, desde el mar Caribe hasta el Ártico y el Antártico, el Mediterráneo o cualquier masa de agua del planeta. Es importante destacar, que realmente no hay varios océanos, sino un solo océano continuo, por lo cual, un cambio local permanente, incidirá tarde o temprano en el conjunto de las aguas del planeta.

En un artículo previo, se ha incursionado someramente - aunque con datos que llevan a un estado de frustración, a todos aquellos realmente preocupados por la insensatez con que se está degradando el único hogar que se tiene en el universo - sobre la contaminación de los océanos producto de los plásticos y los microplásticos, esos trozos minúsculos de plástico degradado, que son insidiosos y que son consumidos por la fauna marina y la asociada a este ecosistema (en estudios de campo, se han encontrado aves marinas muertas, con más que 200 trozos de plástico en sus estómagos).
Toca el turno para analizar otros agentes de contaminación que están causando día tras día la degradación de los océanos.
Los plásticos no solo se acumulan, liberan químicos.
Complementando el tema de los plásticos, preocupa que no solo aumenta su número en los océanos, sino que, al no ser inertes, liberan además al agua diversos químicos, aunque también absorben otros (una buena cantidad, son los llamados ftalatos, compuestos químicos que suavizan y dan flexibilidad a los plásticos).
Siguiendo la ruta de los ftalatos, baste mencionar que muchos de ellos - dañinos para la salud – acompañan a los microplásticos que son consumidos por la fauna marina, acumulándose en su carne y partes grasas. Como parte de la pesca comercial, estas sustancias llegan a los restaurantes y las fondas (la contaminación es democrática) y de ahí, a través de un delicado pez globo o un humilde pez sierra, pasan inadvertidamente al cuerpo de quien los consume (se han encontrado en la sangre, en la orina y en la leche materna, entre otros fluidos corporales).

Los ftalatos provenientes de los plásticos, importan particularmente desde el punto de vista médico, ya que, al acumularse en el cuerpo, afectan la reproducción y el desarrollo (menor fertilidad, toxicidad reproductiva y toxicidad testicular); se reconoce, además, que afectan el sistema hormonal e inmunitario y provocan daños en el hígado.
Cuando el aporte de nutrientes, no es bueno.
La agricultura practicada en tierra, debe satisfacer el hambre de por lo pronto, casi 8 000 millones de seres humanos, razón por la cual, se busca que tenga la capacidad de incrementar su productividad en la generación de plantas comestibles, que requieren para desarrollarse, de nitrógeno, fósforo y potasio, entre otros nutrientes. Para poder satisfacer la demanda, se utilizaron en el año 2018, 119 millones de toneladas de fertilizantes (casi año con año, la cantidad utilizada en la agricultura, aumenta) que contienen nitrogenados y fosfatados. Muchas de estas toneladas se desperdician de forma innecesaria, puesto que los campesinos no están capacitados y usan los fertilizantes indiscriminadamente, tanto por no saber usarlos, como por creer que así, incrementará la productividad de los cultivos.
El exceso de fertilizantes, además que saliniza el suelo, es arrastrado por el agua de lluvia o de riego, viento y demás elementos, a las corrientes de agua, que terminan su recorrido en el mar.
El océano se llena así de nutrientes (desafortunadamente, no es la única vía por la que se arrojan fostatos y nitrogenados a las aguas marinas) en un proceso conocido como eutrofización, término griego que significa “bien nutrido”. Este exceso de nutrientes en el mar, privilegia el crecimiento de ciertas plantas, como las algas. Ante la presencia de mayor alimento, estas algas se multiplican, consumiendo grandes cantidades de oxígeno. Al morir, durante su descomposición, provocan la proliferación de bacterias, que consumen oxígeno y que son tóxicas para la fauna marina… y para el humano mismo.

En muchas partes del océano, el oxígeno está menguando e incluso, hay zonas desprovistas del mismo. Según datos del año 2018 de la revista Science, el número de zonas muertas en mar abierto desde el año 1950, se ha multiplicado por cuatro, mientras que, en zonas costeras, por diez.
El efecto aumenta en aguas cálidas, ya que el oxigeno tiene menos solubilidad ante el aumento de temperatura. Otra consecuencia de la hipoxia en el agua, que nadie esperaba, es que, a mayor temperatura y menos oxígeno, se libera óxido nitroso hacia la atmósfera (el 25% del N2O es liberado por los océanos, aunque el 66% proviene de las prácticas agrícolas poco sustentables) poderoso compuesto de efecto invernadero, que agota directamente la capa de ozono.
Para el año 2021, se habían registrado 550 zonas muertas en el mar, con áreas que van de 1 km2 a poco más de 80 000 km2 en el mar arábigo (esta última, es un área mayor a Panamá o al estado de Chiapas en México); si se toma en cuenta que, para el año 2004, había 146 zonas con hipoxia registradas, el aumento es de casi 27 zonas por año, o de 404 zonas en solo 15 años. Por otro lado, los sitios detectados con eutrofización, van por los 228.

Para quien se resista a ver esto, ya no como un asunto ambiental, sino como un grave problema de salud, de economía y finalmente, de seguridad internacional, simplemente, que viaje al caribe y pregunte a los hoteleros, a los prestadores de servicios y a los turistas, qué opinan del sargazo, alga beneficiaria de la eutrofización causada por los humanos o qué opina la gente que habita en la cuenca del Misisipi en los Estados Unidos, con una pesca comercial abatida por la hipoxia de un área oceánica cuatro a cinco veces mayor a la del estado de Morelos, en México.
La legislación es pobre en este sentido.
¿A quién cargar el costo hacia la vida marina del sargazo favorecido por los nutrientes liberados al mar por la agricultura en el Amazonas o el vertido en el Golfo de México o el costo de la catástrofe ambiental de la zona muerta en el mar arábigo?
El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), a través de su Programa de Mares Regionales o de su Programa de Acción Mundial para la Protección del Medio Marino Frente a las Actividades Realizadas en Tierra, instan a los países, mediante convenciones y planes de acción, a proteger los océanos, pero es obvio que esto no ha sido suficiente ante la supuesta soberanía nacional a que cada país dice tener “derecho” o ante el marco legal, que no carga a nadie las externalidades (daños a la sociedad que se producen por las actividades humanas de producción o consumo) de que son responsabilidad empresas, gobiernos y también, los individuos (un café servido en un recipiente llevado por el cliente a uno desechable, debería tener un costo diferenciado, que claramente representara y mencionara el valor de proteger o no, el medio natural).

Millones de trozos de plástico, cada uno de los cuales puede tardar entre 100 y 500 o más años en degradarse, con “islas” de basura que pueden cubrir áreas tres veces mayores a Francia; cientos de áreas muertas en el mar por carencia de oxígeno y con un océano que está aumentando la liberación de un agente destructor de la capa de ozono como “regalo” de esta situación; un nuevo manchón de sargazo que cubre superficies mayores a países enteros y que está poniendo en jaque el turismo en el Caribe… ¿hacia dónde cree el ser humano que podrá voltear para olvidar el problema o hasta cuando podrán resistir los océanos antes de pasar una factura impagable? Y ante esto ¿cómo está reaccionando la vida marina?





