#viernesdesexo
La vieja puerta.
Historia de un corazón roto.
Recuerdo de manera vívida el momento en el que ella se fue. Su mano se alejó poco a poco de la mía, a pesar de que intentaba retenerla con gran ímpetu a mi lado, finalmente me soltó, y su silueta comenzó a perderse en el interior de la vieja casona.
Una horrible y vieja puerta se cerró detrás de ella, crujiendo, rechinando sus oxidadas bisagras hasta que terminó por apartarme por completo de su presencia. Contemplé impávido la horrible y vieja puerta, fue mucho el tiempo que me le planté de frente, esperando inútilmente que se abriera y me dejara verla de nuevo. Imaginaba que sus viejas maderas cedían y ella corría de nuevo a mi lado, pero no sucedió.
“¡Aléjate de aquí!” - me pareció escucharle decir, “Ella no saldrá” y a regañadientes caminé unos pasos hasta llegar a la esquina de la histórica rúa, lugar donde los quejidos de la vieja puerta no se escuchaban más, y ahí me quedé inerte, impávido a esperarla.
De pronto, y como llamados por la vieja puerta, múltiples relámpagos en el cielo me advertían que era hora de irme…, pero no le hice caso y decidí confrontarlos. ¡Ella saldrá! Le grité a la vieja puerta en mi mente, pero eso no sucedió. La lluvia comenzó a caer lentamente como dándome de nuevo una oportunidad para que buscara refugio y me alejara ya, pero de nuevo no me importó.
Y le siguió el diluvio. La tormenta desató toda su furia, ahora diciéndome: “te lo advertí, ahora no hay marcha atrás”, pero no me importó el mojarme hasta la médula, pues la tormenta que vivía en mis adentros era mucho más poderosa, y no me permitía moverme.
En ese momento, el agua y las lágrimas que caían en abundancia se confundieron y entremezclaron, ya no distinguía cuál me impedía ver con claridad aquella puerta vieja de madera que cada vez sentía más cruel y distante.
¡Ella saldrá! – Le grité de nuevo con furia al cielo. ¡Déjame en paz! Así viertas toda el agua del mundo sobre mí, de aquí no me muevo ¡porque ella saldrá! Y me aferré como pude a lo que pude cuando el fuerte viento llegó a ayudar.
¡Ella saldrá! le hice saber al mundo una vez más, pero agachando ahora la cabeza en desconsuelo. Mientras tanto, a lo lejos, La vieja puerta continuaba inmisericorde sin dar respuesta. Fría e inerte, iluminada de manera tenue por un pequeño candil de la calle seguía ignorando mis plegarias de que quitara sus candados y me dejara verla una vez más.
La lluvia comenzó a menguar poco a poco, y cesó de pronto su furia sobre aquel pobre diablo con el corazón roto. El cielo al final mostró clemencia por su pesar, dejando entre ver unos cuantos rayos de sol que iluminaban el lugar donde había arrojado su dignidad, y una voz en lo alto le dijo: “vete y descansa pobre hombre, ve y sana tu corazón, que ella no saldrá”.
Y arropado por esos pocos rayos de esperanza que vislumbraban de entre las nubes, di un último vistazo a esa vieja puerta que la apartó de mi lado.