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El asesino de la maldición de Tutankamon está más cerca de ti de lo que supones

La maldición de Tutankamon y el Covid

El asesino de la maldición de Tutankamon está más cerca de ti de lo que supones

El 20 de marzo de 1923 en Egipto, después de semanas de excavación, Howard Carter y el Conde de Carnarvon abrían para la humanidad uno de los secretos mejor guardados: la cámara interior de la tumba de Tutankamon. Los grandes acontecimientos casi siempre van unidos a las fábulas y leyendas. Dos meses después del descubrimiento Sir Carnarvon murió en el Cairo, aquejado de neumonía y a la misma hora, en Londres, expiraba su perro más fiel. Sus supersticiosos ayudantes no dudaron en atribuir la muerte a una maldición que, según piensan algunos, ha acompañado al tesoro hasta nuestros días: La maldición de Tutankamon.

La maldición de Tutankamon fue una de las muchas amenazas con las que los antiguos constructores de tumbas pretendían alejar a las mentes codiciosas. Con el tiempo, una extendida literatura de ficción se ha encargado de alimentar el mito, además de películas, programas de televisión y hasta videojuegos. No faltan historias en las que se describen tumbas faraónicas plagadas de esporas de hongos venenosos, sembradas de trampas diabólicas, signos mágicos y todo tipo de amenazas imaginables para este mundo y el del más allá.

Muchas veces la realidad supera a la ficción.

¿Qué pensarías si te dijera que por la pandemia de covid ha aumentado la probabilidad de que te alcance la maldición de Tutankamon? Efectivamente tengo algo de loco, pero la afirmación es cierta metafóricamente.

Obviamente la ciencia por definición no cree en maldiciones. Hace algunos años unos investigadores de la Universidad de Sudbury, en Canadá, dirigidos por Jaime Bigu, en colaboración con colegas del Instituto de Energía Atómica del Cairo decidieron tomar ciertas medidas en una serie de monumentos del Antiguo Egipto. No iban acompañados de cazadores de fantasmas ni exorcistas de ningún tipo; solo llevaban instrumentos científicos modernos: Detectores de radiactividad.

Investigaron siete monumentos y, en tres de ellos, se detectaron niveles elevados, en algunos casos potencialmente peligrosos, de radiactividad. Un asesino silencioso, la radiactividad, es la verdadera explicación de la maldición de Tutankamon. ¿A qué se debía esa radiactividad? ¿acaso algún poderoso faraón tuvo en sus manos el secreto de la energía atómica cuatro mil años antes de su descubrimiento?

Los investigadores que intervinieron en aquel estudio no buscaban descubrir supuestos conocimientos excepcionales en las civilizaciones antiguas. El origen de la radiactividad que investigaban existe de forma natural en cualquier lugar de La Tierra, desde las profundidades del planeta hasta en las habitaciones de nuestras casas. El culpable principal es un gas radiactivo: el Radón.

En las rocas de la corteza terrestre existe siempre una proporción, normalmente muy pequeña, de sustancias radiactivas, como el uranio o el radio. Las sustancias radiactivas se llaman así porque son inestables y con el tiempo los núcleos de sus átomos materialmente revientan y, al hacerlo, se convierten en otras sustancias diferentes. El radón es uno de los desechos naturales que aparecen tras la desintegración radiactiva del radio. Lo que hace del radón una sustancia tan excepcional es que es un gas a temperatura ambiente. A medida que se produce va quedando aprisionado entre las rocas y, en cuanto tiene la menor oportunidad escapa de la tierra y se mezcla con el aire. Una vez liberado, al ser más pesado que el aire, se va acumulando en los lugares bajos y mal ventilados.

De ahí el origen de la radiactividad de los monumentos egipcios. Aquellas estancias, hechas de piedra y con galerías profundas y agrietadas, han permanecido cerradas o mal ventiladas. El radón que se ha ido creando en las paredes y el que se ha ido filtrando por las fisuras a lo largo de cientos de años se ha ido acumulando. Por lo que la radiactividad sí es una amenaza real, unida a las falsas maldiciones.

El ejemplo de lo sucedido en los monumentos egipcios sucede, aunque en menor medida, en nuestras propias casas. El radón que se acumula en las viviendas mal ventiladas es la segunda causa de muerte por cáncer de pulmón después del tabaco. Con el confinamiento debido al Covid, ahora pasamos más tiempo encerrados en nuestras casas, con lo que aumenta (aunque en una muy pequeña proporción) la probabilidad de que nos alcance la maldición de Tutankamon.

¿Cómo se puede disminuir semejante peligro? Hay varias maneras: La más barata y efectiva consiste en abrir las ventanas durante unos minutos al menos una vez al día para que las corrientes de aire arrastren el radón. Otra consiste en poner sistemas de ventilación en los sótanos y sellar las grietas que puedan producirse en la vivienda para impedir el paso al radón acumulado en las profundidades del suelo. Son soluciones simples con las que podemos paliar los efectos de una maldición que es más peligrosa para los seres vivos que para los moradores de las Pirámides.

Fuente: Cienciaes


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