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Amanece…

Amanece…

Parte dos de “El Ocaso del Cacique”.

No te pierdas la primera parte aquí:

Antes del sol…

Parte dos de “El Ocaso del Cacique”.

No te pierdas la primera parte aquí:

Antes del sol…

“Hola Jesús… Primero, comunícame con…”

Se acercó a su leal asistente y posó la mano izquierda en el escuálido hombro de aquel.

Empezaron a caminar rumbo a su habitación. Inició una larga perorata dando y dando instrucciones mientras el interpelado escribía y escribía en su iPad de última generación.

El asistente no volteaba a verlo, tanto por lo ensimismado que estaba en no perder detalle alguno de sus indicaciones como por el enorme temor reverencial que le tenía. ¡¡Cuántos descalabros y metidas de pata cometió!! Y, a pesar de todo, su amado líder no dejó de prestarle apoyo.

“¡La lealtad ante todo! Si me fallas, Jesús… ya sabes…” era la ominosa frase que llevaban grabada en el alma tanto él como el pequeño grupo de incondicionales al Líder.

Así siguieron. Estaban por llegar a la habitación presidencial cuando la puerta se abrió intempestivamente. Era su esposa. Rostro desencajado que resultaba aún más impactante sin el maquillaje que atemperaba las avinagradas líneas de la cara. La mujer empezó a gimotear: que si la hora, por qué se levantó, si le pasaba algo y… casi gritó:

“¿Qué traes en ese vaso?”

El apenas la miró e hizo un gesto admonitorio con el índice de la diestra. El famoso “dedito” apuntó y la mujer quedó petrificada.

 Él se volteó al asistente para rematar con un:

“¿Te quedó claro?”.

El asistente hizo una reverencia torcida y partió presuroso a cumplir todas las encomiendas. Justo en ese momento se abrió otra puerta… Era el médico cubano que, atontado, había sido despertado por el leve zipizape de la cónyuge.

“¡Presidente!”

“Ya sé, choquito, ya sé. Ten (le dio el vaso). Me voy a bañar”

Se metió en la habitación presidencial. Pero realmente no dormía ahí. Desde que se iban a cambiar a Palacio ordenó dividirla pues ya no quería dormir con ella. Pocos sabían de tal situación. El quería mantener tal imagen para evitar más ataques de sus enemigos.

Se bañó con cierta parsimonia. Necesitaba preparar el contrataque para lidiar con los dos misiles recientes. El calibre de cada uno era tal, que podría desfondar por completo el barco de la transformación.

¿Y los demás problemas? Pues la fórmula para atenderlos e informar de ellos seguiría siendo la misma: Culpa del pasado, de anteriores mandatarios, de un organismo internacional y… ¡ya! Tales asuntos eran para él de rutina y el tiempo de seguro los resolvería.

“¡Ya dan hueva!” confesó en cortito en el más reciente convivio con sus medios preferidos.

Pero estos dos...

La regadera empezó a fallar.

“¡Mujer… Mujer! ¡Me lleva! ¡P*nche Palacio”

Salió medio enjabonado. La mujer lo esperaba con bata y toalla. Se secó con una y se puso la otra. Con un bufido despidió a la mujer y se sentó a la orilla de la cama. Le dolían las caderas, las piernas… Todo. Eran las 5:45. Sonó el teléfono

“Okey, okey… No. No quiero hablar con ellos aún. ¡Mas tarde, carajo! ¡Y que no salgan del país! ¿Está claro, Jesús?”

Colgó. El dolor volvió.

“Choquito… ¡Ven!”

El médico entro blandiendo una charola con diversos elementos. Medicinas, vitamínicos y jeringas.

“Ponme otra… Duele mucho”

“Pero…”

Otra vez el dedito. Y otra inyección.

Nueva vida. Ya vestido entró caminando son cierta soltura en el despacho bunker. Los convocados por el asistente ya estaban ahí. El asistente le hizo el gesto acordado. Ya estaban aislados.

(El bunker fue el único proyecto de adecuación del edificio que él supervisó de cabo a rabo y sólo él y dos cercanos sabían en qué consistía. Para los demás, sólo era un cuarto en donde no se permitían celulares y todos acataban la orden de no portarlos (aunque lo hubieran hecho… el bunker contaba con un sofisticado sistema que detectaba e inutilizaba cualquier aparato de comunicación. Era como un agujero negro a prueba de traidores)

Rostros sombríos o tranquilos, pero todos portando ojeras de surco. Era una mezcla rara de antiguos correligionarios y nuevos convencidos del nuevo proyecto y de sus beneficios, sobre todo para ellos. Se sorprendió al notar que ahí estaban dos de sus sumisas adelitas y que, con todo y lo temprano de la hora ya estuvieran perfectamente maquilladas

Evocó a su amadísimo mentor y maestre, el Presidente de 7 sexenios atrás, con su ímpetu de hormiga arriera que le daba para terminar juntas a la una de la mañana y empezar otras a las 6, clareando el sol. Pero él no tuvo Secretarias en su gabinete o Lideresas. El líder sonrió al imaginárselas dormidas con maquillaje.

Todos notaron esa sonrisa. Varios (incluidas las adelitas) tragaron saliva. Desde la masacre de 3 semanas antes, en el Bajío, el líder no sonreía. En las mañaneras asumía una mueca informe (rictus, dijo un youtubero) pero no era sonrisa. Sudaron frío. ¿Vendría alguna exhibición pública, despido (“renuncia por motivos de salud”) o algo peor?

Después de la salutación inicial, él carraspeó

“La situación es grave. Necesitamos prevenir el daño.”

Miró fijamente a uno de los asistentes:

“¿Cómo está la agrupación? ¿Está lista para actuar?”

¿Qué seguirá? No te detengas continua a la tercera parte aquí:

El primer rayo

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