Antes del sol…

By Sergio R. Chávez

¡Qué pequeña le parecía la Plaza ahora, desde el balcón lateral!

Cuando arribó a ella por primera vez, se sintió abrumado por todo lo que la plaza significaba: siglos de historia, eventos, personajes que habían transitado o desfilado por ella y que, a su paso, habían dejado su huella indeleble en el imaginario del lugar y de la memoria del país.

| Opinión
Antes del sol…

¡Qué pequeña le parecía la Plaza ahora, desde el balcón lateral!

Cuando arribó a ella por primera vez, se sintió abrumado por todo lo que la plaza significaba: siglos de historia, eventos, personajes que habían transitado o desfilado por ella y que, a su paso, habían dejado su huella indeleble en el imaginario del lugar y de la memoria del país.

Aquella vez, varias décadas atrás, el caminó presuroso rodeado de sus coterráneos por 20 de noviembre hasta situarse frente al balcón central. Los nervios de verse acorralado y, eventualmente arrestado o golpeado por los entonces satanizados granaderos le hizo andar más de prisa de lo que hubiera querido. Claro que, para entonces, tras la crisis política del 88, el partido gobernante de entonces (al que hasta hacia poco pertenecía) había suavizado sus maneras y no cometería la estupidez de atentar contra manifestación alguna.

Pero el recuerdo le llegó junto con el mismo sabor de tensión de entonces. ¡Hoy tenía el poder total! Bueno… Casi… los acontecimientos de las últimas semanas habían resquebrajado el monolito que él creyó haber logrado y hoy, justo hoy, tendría que tomar la difícil decisión.

Aspiró un poco del carísimo habano que aquel empresario preferido le había regalado, como parte del agradecimiento por una jugosa adjudicación y le dio un breve trago a su bebida. Si bien se había creado una imagen sana, como persona ajena al tabaco y casi abstemia, cuando se sabía en completa privacidad no dudaba en paladear el humo cubano y suavizarlo con ron extra añejo calmando así las ansias que le llegaban en los momentos cumbre, como sería ese.

Era muy temprano (4:15 de la mañana) pero no podía dormir más, así que se levantó a hurtadillas para no hacer ruido alguno que pudiera despertar a su esposa o al médico que residía en el mismo Palacio, auténticos cancerberos que le asfixiaban el gusto y el ego. Con una chamarra encima de la pijama y sandalias suaves caminó al despacho para revisar por última vez el discurso pacificador de tantos ánimos caldeados que capotearía ese día.

Temas críticos todos ellos… Casi incontrolables pero el confiaba en el carisma, en el encanto que tantas veces lo había salvado. Que si las secuelas de la epidemia… La crisis de los norteños… Un millón de manifestantes que llegarían en dos días a la capital… Las pésimas cifras en seguridad y economía… las elecciones de la semana siguiente… Y su cacareada promesa de renuncia al mandato que, claro, podría trastocar en la conferencia de ese día.

Al llegar al escritorio notó dos folders nuevos. El primero tenía un post it con un recado: la letra inconfundible de su secretario privado. Lo abrió y quedó perplejo. Evidencia nueva de corrupción, derroche y vínculos con el narcotráfico, pero esta vez… ¡Los involucrados eran sus propios hijos! Los documentos habían llegado en la madrugada a la Oficina de la Presidencia y serían presentados en la conferencia post mañanera de un periodista incómodo. ¡Sería el acabose!

El otro era aún más grave… Provenía de su asesor en seguridad de mayor confianza, que le reportaba directamente a él. Los militares del ala conservadora emitirían al mediodía un comunicado, mas bien un exhorto para pedirle un cambio de postura radical. Él lo interpretó como la solicitud que le hicieron a su amigo Evo. Algo inadmisible.

No lo pensó más y hurgó en la credencia hasta encontrar la caja de habanos. Tomó uno y abrió después la puerta simulada en el escritorio, donde guardaba ese ron dominicano tan caro, regalo del canciller cubano. Ya estaba armado con lo que necesitaba para meditar… Y partió hacia el balcón.

No quiso ir al central para evitar miradas indiscretas. Si bien la alcaldesa, su querida pupila, tenía control absoluto de todas las ventanas y calles que daban hacia el Zócalo no se quería arriesgar a que algún noctámbulo curioso lo pescara con su celular. Así que se posicionó en uno de los laterales.

Ahí estaba fumando y sorbiendo como si así pudiera absorber algún nutriente que le aclarara la enturbiada mente. Si bien nació, creció y maduró en un mundo de crisis, las actuales eran demasiado tsunamis como para someterlas con ocurrencias, puntadas y descalificaciones. Los inusitados niveles de impopularidad sumados a las últimas cinco renuncias en su gabinete y a la turbulencia de su partido le habían quitado el soporte, la piedra angular de resistencia contra viento, marea y protestas.

Ahí estaba rumiando en una mezcla de disgusto, hartazgo, frustración casi total y una creciente ira. ¿A dónde tirar? ¿Cuál habría de ser la salida más adecuada para él y su ego? ¿Convendría sacrificar a los hijos para poder sobrevivir? ¿Apresurar una solución “en lo oscurito” para la milicia en rebeldía? ¿Patear el asunto hasta después de las elecciones?

Dio un enorme trago al vaso. Con la agudeza que aún conservaba pudo discernir que sólo había dos caminos: la fuerza o la rendición. Tendría que llamar de inmediato a alguien… A alguno de sus secretarios para ejecutar, planear, hacer algo… Al gabinete político o al de seguridad. ¿A cuál?

¿Cuál decisión sería la mejor para él? Y no, no para el país…

De repente se hizo tarde. Escucho que lo llamaban. Volteó. Era su secretario con cara mustia, asustada. Le dijo que ya casi era la hora para prepararse e ir a la conferencia. Pero había que hacer esa llamada…

“Hola Jesús… Primero, comunícame con…”

Primera entrega de “El Ocaso del Cacique”.

Sigue con la parte dos aquí mismo:

Amanece…




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