Se calienta la mañana...
Parte cuatro de “El Ocaso del Cacique”.
No te pierdas la tercera parte aquí:
…en relación con sus…
Ahora el líder fue quien tragó saliva… La sala parecía haberse llenado de una gran cantidad de energía estática. Más de uno contuvo el aliento. La transmisión seguía en vivo
El periodista continuó
-Superdelegados en Tabasco y Chiapas…
El suspiró aliviado, no así Jesús y Jenaro, quienes sudaban copiosa y perceptiblemente
-Y los comandantes militares de ambas zonas. No se si Usted estaba enterado…
El líder carraspeó. ¿Debía o no debía decir algo? ¿Y qué tal negar, como solía hacer ahora? Desde que inició su gestión, había sido ambivalente entre reconocer o desconocer información que le comprometía. Claro que sabía… casi de todo. A últimas fechas le costaba cada vez más ubicar contextos y personas y notas. ¿Qué decir ahora?
-Y… (hay que ganar tiempo) ¿De dónde es esa información?
Volteó a ver a su secretario de la Defensa y al Canciller, quienes ante lo electrizante del momento se habían desperezado y abrían los ojos cual platos. Su turno de reportar ya había pasado. Por experiencia como todos los demás miembros del gabinete que participaban en las conferencias, se habían quedado sentados medio amodorrados esperando que terminara el evento.
Y no. No estuvieron en la sala bunker ese día. El líder ya no confiaba en ellos.
-Mire, señor presidente (el periodista no pudo contener una sonrisa irónica) Pues usted sabe que no puedo revelar mi fuente. Le debo Secrecía a mi informante. (Se apresuro a añadir). Pero, en cuestión de días… ¡Esto saldrá a la luz pública!
-Jorge… ¡Pues no deja de ser otra mentira!
El tono avizoraba un momento de histeria
- ¡Se han dedicado a atacarme desde que asumí el cargo! ¡Y eso vaya que calienta!
Dado lo sucedido en la mañana, el médico cubano estaba justo atrás del templete. Jesús le dirigió una mirada de pánico, Podría temerse lo peor…
El líder se dio cuenta que el temperamento nuevamente le estaba traicionando. Bajó la mirada. Aspiró una gran bocanada de aire y, haciendo un gran esfuerzo, se serenó.
-Mientras no haya una confirmación por parte del gobierno norteamericano… ¡Me abstendré de hacer cualquier declaración! Bueno… Ya me… (dio la vuelta para salir del lugar)
Los periodistas aleccionados levantaron la mano y pidieron participar con alguna intervención a modo, pero una voz femenina surgió en las filas traseras
- ¡Señor Presidente!
Todos quedaron pasmados al reconocerla. Era inconfundible. Una mujer esbelta y elegante se irguió de entre todos ellos.
Jenaro estaba al borde del paroxismo. ¡Era otra colada! Sus días en Palacio estaban contados…
El líder detuvo su caminar hacia la salida. Levantó la cara aturdido y giró en redondo. Ahí estaba ella, la mujer emblemática de la prensa opositora a todos los regímenes anteriores, la lideresa de opinión más influyente de los últimos años. Fue de las pocas voces calificadas que lo defendió cuando el desafuero.
Si bien habían hecho buenas migas desde entonces, a partir de su ascenso al poder Él quiso deslindarse de ella y llegó, incluso (y sin fundamento) a acusarla de beneficiarse con pagos del presidente saliente por favorecerlo, lo cual era un contrasentido en toda forma.
Y hoy… Era la lengua más aguda que tenía en su contra. Volvió a maldecir su temperamento. Ahora tuvo otro aviso: un espasmo en el ojo derecho.
-Hola, Teresa
-Disculpe que haya levantado la voz, pero la pregunta que quiero hacerle no puede esperar respuesta hasta mañana. Se trata de…
Lo que siguió fue más parecido a una película de terror colectivo que a una conferencia de prensa. La periodista soltó una andanada de datos, nombres, fechas y cifras que lo dejo completamente aturdido. Los periodistas afines trataron de acallarla infructuosamente, mientras la mujer levantaba cada vez la estruendosa voz hasta que el salió, escoltado por Jesús y el médico.
En cuanto bajo del templete (sabiéndose más o menos a salvo de las miradas de los asistentes) tuvo que agarrarse fuertemente de ambos para no caer. Casi en vilo fue llevado por ambos hasta su recamara. Media hora después, gracias al efecto de un poderoso calmante y del medicamento para la presión, ya estaba medio reestablecido.
- ¡Jenaro! ¡Ven para acá!
La esposa se había quedado junto a él, sentada en un taburete y tomándolo de la mano. El se soltó y con un gesto la despidió.
-Dígame señor
- ¿Qué carajos pasó? ¿Cómo se colaron esos dos? ¡No sirves para nada!
Jenaro empezó a narrarle como tarabilla todo lo que había averiguado. Jorge se hizo pasar por otro periodista muy parecido en complexión y cabellera y, cobijado por la penumbra de la madrugada y una boina, pudo engañar los filtros de seguridad. En cuanto a Teresa pues…
- ¿Qué? ¿Cómo entró?
-Se enteró que nuestro jefe de seguridad había cometido de algunos “errores” y, pues se cobró el favor de no revelarlos
(Esa era una palabra acordada por el líder y sus asistentes para referir delitos graves de sus íntimos y de su gabinete. Para su desgracia, a ultimas fechas cada vez era más usada)
-Hum… bueno… Vete… Quiero descansar… Dile a Jesús que suspenda todas mis reuniones… Hoy no quiero ver a nadie más.
Jenaro se dirigió hacia la puerta y la abrió. Jesús entró como bólido sudando a mares. Jenaro salió confundido.
-Señor… Me acaba de hablar el Seco. No pudieron tomar las instalaciones. Y llegaron Don Gerardo y Don Emigdio… Quieren hablar con usted sobre…
¿Qué pasará ahora?
Continua a la parte cinco, sólo por CoNexiones: