Gandalla glorificado
La ley y la burla
Uno fue el sexto de 14 hijos de un cartero, de los cuales sobrevivieron 8. Se dedicó a varios trabajos hasta que, a los 19 años, se empezó a dedicar a la que sería su vocación.
En ella tuvo éxito a partir de formar un personaje en mucho inspirado en su mentor, a quien después despreció siguiendo su carrera triunfante en solitario.
Otro fue el primogénito de siete hijos de un tendero. En la adolescencia tuvo que ver con la muerte de uno de ellos, fallecido en circunstancias sospechosas. Inició a los 17 años su carrera pública en la que se ha hecho famoso gracias a la intervención de dos mentores, traicionando al último de ellos para sentar las bases de lo que sería su proyección a nivel nacional.
El perfil público del primero consistía en representar un personaje que hablaba con marcado acento barrio bajero, locuaz, tramposo y vividor que trataba de engañar y medio defraudar a quien se le pusiera enfrente, sobre todo si representaba alguna autoridad. La gente disfrutaba esas exhibiciones y le aplaudía a rabiar. Sin embargo, conforme avanzada su carrera se empezó a desdibujar, convirtiéndose en una especie de predicador que intentaba moralizar a los demás.
El perfil público del segundo consistía en representar un personaje que hablaba con marcado acento del sureste, clase mediero, un defensor de las causas sociales que con un estilo bravucón y provocador retaba a quien se le pusiera enfrente, sobre todo si era una autoridad. La gente empezó a sentirse identificada con él y le apoyó para que alcanzara su mayor éxito. Sin embargo, en cuanto llegó ahí se desdibujó, convirtiéndose en una especie de pastor que intentaba moralizar a los demás, aunque en los hechos El mismo incumplía sus propios preceptos de conducta.
El primero, en sus inicios, siempre quería burlar la ley al través del ingenio y de frases sin sentido, logrando incluso que su forma de expresarse ocupara un lugar en el Diccionario de su lengua. Eso era del agrado de la gente pues sabía que se trataba de una representación, de una ficción pues en la vida diaria Mario respetó a cabalidad la ley.
El segundo, desde sus inicios, ha logrado burlar la ley y salir avante de los múltiples actos ilegales que ha cometido gracias a la extorsión que sabe manejar, llegando a ocupar un lugar predominante por su actitud contestaria y provocadora y su lenguaje ocurrente.
Eso fue del agrado de la gente hasta hace poco menos de cinco años, pues ahora esa misma gente repudia que en la realidad, Andrés sea un constante transgresor de la ley.
En algún tweet comparé la forma de ser de ambos, destacando que Mario Moreno “Cantinflas” causaba mucha gracia en sus primeras películas, pero no en las últimas, cuando se volvió más predicador que actor. Mientras que Andrés López Obrador pasó de político en oposición a predicador en presidencia, pero a diferencia del histrión tiene la gracia de un huizache.
La reflexión que hago ahora va dirigida no tanto a que López Obrador represente una dramática realidad de lo que en Cantinflas era comedia, sino a la forma en que la actuación de ambos trasminó un sentir de muchos mexicanos hacia la ley no en cuanto a atenderla, respetarla y acatarla sino a ignorarla, evadirla o, abiertamente, transgredirla.
La espiral de locura que padece Anlo, misma que ahora se evidencia en prácticamente todos sus actos, no inició en fecha reciente sino en su trágico pasado.
Pero se ha ido acentuando conforme el personaje ha ido creciendo en presencia y popularidad hasta que, en definitiva, entró en un ritmo vertiginoso desde poco antes de ascender al poder en el 2018, justo con un primer acto que evidenciaría su absoluto repudio hacia cualquier “cincho” legal que atentara en contra de su inflamado autoritarismo.

Tal evento fue la tristemente célebre “votación” en contra del NAICM, evento amañado en su totalidad que dio al traste a una de las obras epítomes de los tiempos recientes que hubiera beneficiado muchísimo al país (no solo a la ciudad capital), catapultándole como líder en conectividad en todo el continente.
No entro a discutir los pros y contras financieros o técnicos del proyecto, sino el acto en sí y su consecuencia en la percepción de una normativa. ¿Fue ilegal? Tal vez. ¿Excedió las atribuciones del entonces presidente electo? No tanto porque aún no hacía el juramento vinculatorio de su conducta, para someterse al imperio de la Constitución y de las leyes de ella emanadas. En alguna forma si infringió no tanto la interpretación literal del texto legal sino su espíritu y, en cierta manera, los derechos adquiridos de empresarios que habían apostado a lograr tal proyecto.
A partir de ahí y notando que tan temeraria (o estúpida) decisión no acarreó consecuencias graves para él (aunque para México implicó un grave daño económico que Anlo cubriría con nuestro dinero), este personaje ha ido eslabonando una enorme serie de actos abiertamente ilegales o al borde de ello. Unos cuantos de ellos bastarían para desaforarlo y procesarlo civil y penalmente, más tal posibilidad se desvanece por varios motivos, entre los cuales están:
- La falta de mayoría legislativa de los partidos de oposición, elemento necesario para instituir el juicio político, vía necesaria para enjuiciarlo.
- La aún enorme popularidad que tiene, muy probablemente inflada pero más que suficiente para contar con un escudo ciudadano que repela la intentona de juicio.
Sin embargo, cabe reflexionar sobre este último punto… ¿Por qué persisten tales niveles de popularidad, aceptación o venia entre la ciudadanía? ¿Cuál es la razón por la que, aún padeciendo muchos los efectos de su mala gestión en salud, economía, pandemia, seguridad siguen teniendo de él una opinión positiva, percibiéndole algunos en un extremo como un salvador (cada segundo muchos menos) y en el otro (la gran mayoría creciente) como alguien que ha hecho más por el país que los anteriores?
Se esgrimen como razones su carisma, su modo coloquial de hablar, sus ocurrencias, sus frases manidas (sobre pobres, humanismo, Cristo), sus recorridos por el territorio, su estigmatización de lo malo que pasa en una selección de malos supuestamente causantes de ello, etc.
Al margen o a pesar de ello considero que, en buena medida, el cobijo a Anlo deviene justo por ser un desafiante de la ley, un ladino hacia las instituciones, un rebelde con causa probada respecto a sentirse designado por algún dedo divino como "El Gran Salvador". Y tal cariz entra, de manera directa, hacia ese aspiracionismo del gandalla que todos traemos dentro por evadir entramados y reglas que constriñan el infame deseo de hacer “lo que nos dé nuestra rechin…” gana aún a costa de fastidiar los derechos de otros. Casi podría leerse un “teleprompter” en la mente de muchos:
“¡A ver, jijos del maíz! Si cuando fue candidato mi Anlo retó, violentó y violó la ley y todos le hicieron los mandados, pos ya como mi presidente… Anlo es el mero mero y la ley y todos los demás le hacen los purititos mandados… ¡Si señor!”
Y así, sin restringirle por sus conductas, impune e inmune ante muchos trances que él provocó, llega el día epítome de su desprecio hacia lo que había jurado atender al asumir el cargo. El 6 de abril del 2022, tras enterarse de la posición de la Suprema Corte respecto a la inconstitucionalidad de la Ley de la Industria Eléctrica, Anlo espetó con desprecio:
“¡No me vengan con ese cuento de que la ley es la ley!”
A eso se redujo todo su criterio, todo su conocimiento, todo el expertise que debería tener respecto al elemento crucial para la convivencia civilizada… La ley es un cuento.
Claro que tal conclusión no la aplica a rajatabla, pues cuando le es conveniente la ley si procede en tanto que le favorezca a sus mezquinos propósitos, asentando de modo indubitable el doble rasero con que observa o no la normativa.
Cierto es que esa conducta es muy común en muchos de nosotros y, si bien implica algo delicado que debe atenderse en conciencia, tiene un efecto limitado entre la sociedad.
Pero si quien ha de fungir como uno de los máximos garantes del marco jurídico es quien actúa de un modo ambivalente y selectivo para aplicarla, el asunto se torna gravísimo y atentatorio para la estabilidad de TODO el Estado de Derecho.
Es claro que el mexicano que acepta o incluso apoya a Anlo en esa encomienda que tiene por demoler ley e instituciones lo hace más por sentirse identificado que por una toma de razón consciente y con perspectiva amplia y a mediano o largo plazo. Su pasividad o permisividad llegan a ser una auténtica complicidad con quien ubican como el “big brother” gandalla que puede salirse con la suya, sin percatarse que el efecto Anlo anti-ley ha sido multiplicado en múltiples ámbitos de la actual gobernanza, como fue el caso de la ley “Taibo” o de la proliferación de nombramientos ilegales de integrantes de la 4T que no cubrían los requisitos normativos para sus cargos.
Llegamos a una nueva acepción de “Hágase la justicia divina en la milpa de mi compadre”. Ahora es “Aplíquese la ley a la oposición, a los no alineados, a los que difieran, pero no a mí ni a los míos”
Y le aplauden. ¡Qué desgracia!