Militares en terminales de transporte
Eso de emocionarse en una terminal de transporte controlada por militares
Las circunstancias me obligan a recuperar algo que ya he dicho con anterioridad: En las terminales de transporte, tal y como sucede en los hospitales y templos, tienen lugar grandes bienvenidas y amargas despedidas.
En tiempos en los que los viajes de largo recorrido, que por cierto suponen los encuentros y las separaciones más entrañables, son realizados en su gran mayoría por vía aérea, dada la competitividad que ha logrado el medio o la carencia de los otros, los aeropuertos son el marco de momentos personales cargados de gran emoción. ¿Quién no ha ido, por ejemplo, a recibir en una terminal aérea a ese familiar o amigo al que no se le ha visto en décadas, o a quién no le ha tocado dejar ir en ellas a alguien, sabiendo que quizás es para siempre, o derramado una lágrima de alegría o tristeza en sus salas de llegadas o de salidas?
Lo he constatado frecuentemente conforme he recorrido las instalaciones aeroportuarias en las que no me cuesta trabajo toparme con esos ojos rojos y rostros desencajados luego de abrazos y besos que se rehúsan a concluir, o con esas sonrisas de oreja a oreja en personas que por ahí portan un globo, tienen en sus manos un ramo de flores o portan un cartel que bien puede decir: ¡Bienvenido!
Sobra apuntar que los entiendo toda vez que me ha tocado vivirlo cada vez que recibo o dejo ir desde una terminal aérea a alguno de mis hijos hoy día residentes en el extranjero, contando los días con ilusión que anticipan cada una de sus visitas, y con desánimo conforme se acerca la hora de acompañarlo al vuelo que lo llevará de regreso a su lejano hogar, solo para toparme en estos tiempos, no solamente con servicios aeroportuarios de creciente mala calidad, sino además con la insensible e incompetente actitud de personal de las fuerzas armadas mexicanas haciendo labores de todo tipo que en el sentido estricto deberían estar en manos de cuadros civiles.
De esta manera, el aeropuerto, de por sí una instalación importante en mi vida, dada mi vocación profesional, cobra una nueva dimensión, definitivamente menos técnica y quizás más espiritual en el sentido emocional de la palabra. Y es que las emociones en los aeropuertos y en general en las terminales de transporte, no solamente tienen que ver con personas a las que uno ve o deja de hacerlo; pasajeros, familiares o amigos de los primeros también disfrutan alegrías y orgullo en viajes relacionados, digamos, con lunas de miel, merecidas o muy deseadas vacaciones, buenos negocios, becas, estudios en el extranjero, comisiones de trabajo, recepción de reconocimientos, peregrinajes, manifestaciones culturales, competencias o práctica de deportes. En pocas palabras, las emociones colman los espacios aeroportuarios, y más aún, si tomamos en cuenta que a aquellas propias de la razón del viaje le podemos sumar las que se suman del simple hecho de viajar, especialmente por aire, algo que tal y como hemos comentado con anterioridad en algún espacio, generan en el pasajero a veces mucho estrés, si no es que verdadero miedo. 
En este contexto, el reto para un aeropuerto es ofrecer, tal y como sucede en hospitales, templos o lugares en los que hay situaciones similares, espacios seguros, eficientes y cómodos, en los que además se privilegie el respeto a la emoción del usuario, llámese pasajero o visitante, algo que crecientemente estoy constatando no es el caso en los aeropuertos mexicanos, incluyendo mi adorado Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, hoy día más que una infraestructura de transporte una instalación militar naval en la que tienen lugar operaciones de aerotransporte civil, en el que la incapacidad de comprender la importancia de la calidad en el servicio y la facilitación del tránsito de los usuarios por parte de los marinos, está impactando severamente en la calidad de la compleja experiencia de ser usuario de una terminal, incluyendo en la del derecho humano de emocionarse y ser respetado por ello, algo que los uniformados simple y sencillamente no logran y me temo nunca lograrán comprender.