Imposible mantener las manos quietas.
El reencuentro
Sus ojos se iluminan, y una amplia sonrisa en su rostro se forma en cuanto me ve. Su mirada se interna en la mía y el fuego interno que en mí con ello se inicia me obliga a responder con el mismo proceder.
Sus brazos comienzan a rodearme por sobre los hombros luego de una emotiva carrera hacia mi persona; yo hago lo propio al circundarla por su cintura. Es un abrazo largamente ansiado, uno que el tiempo y la distancia con esmero han forjado, resultando al concretarse, en una intensa colisión de sentimientos contenidos.
Nuestros labios, de manera inevitable se atraen con una fuerza descomunal. Poco importa el que, en el concurrido lugar, miles de observadores su atención hacia nosotros comiencen a enfocar.
Nos miran extrañados, pues un beso así no es algo común de contemplar, es uno que sólo de un profundo amor puede resultar.

Las caricias llegan entonces al momento a aderezar. Imposible mantener las manos quietas cuando sus cabellos las invitan por sus dominios a pasear. Con ojos cerrados los sentimientos en ambos crecen y afloran, exudando a través de una agitada respiración, unas incontenibles ganas por compartirse.
Nuestras bocas hacen una pausa ahora para infundirnos aún más en una abrazo que no quisiéramos nunca terminar.
Me sirvo ahí del momento para tomarla por el mentón, y poder enlazar una vez más nuestras miradas, buscando perderme en las ventanas de su alma. A ella le ocurre lo mismo, y al internarse en las profundidades de mi ser, la más bella sonrisa en su rostro brota, luego de confirmar que eso que siento por ella no pudiera ser más real.
Una interminable cantidad de “te extraño” por fin se desvanecen en ella cuando su cabeza coloca en mi pecho, algo que yo aprovecho para besarle en la frente, y poder ponerle así a este bello reencuentro un sello especial, uno que le haga ver que por siempre la he de cuidar, y que de su lado jamás de nuevo me habré de apartar.