El año que viene
Dos despúes de cuatro
Con los protagonistas de dos ámbitos que ocupan el mayor espacio entre la opinión pública cotidiana en México.
Ámbitos de polémica, discusión, exhibición, acaloramientos, pasiones, encantos y desencantos.
Si bien uno es infinitamente más trascendente que el otro, eso no quita que ambos sean muy significativos, básicos, tal vez esenciales para varios, para muchos o tal vez para todos.
Y justo el año pasado ambos cumplieron años, coincidentemente los mismos, aunque no transcurran sus plazos en la misma medida.
Pero, en ambos, el fracaso fue evidente. Y en ellos se pasó de la esperanza a la frustración, de la ilusión a la patética realidad, del entusiasmo al hartazgo que conlleva un sabor amargo en el paladar, en la mente, en la volátil idea de alcanzar la felicidad, aunque sea momentánea.
Y dentro de cuatro años en uno y dentro de dos en otro estará nuevamente la sociedad mexicana volcada en suspiros, oraciones, promesas, deseos porque en cada uno haya una evolución, un progreso, una posibilidad para que se abra el horizonte a un futuro promisorio en donde se logre alzar la copa del triunfo frugal o pleno, breve o duradero.
Pero la duda persiste, la incógnita subyace, la incredulidad se ahonda dados los tumbos que han sido la constante en ambos ámbitos por culpa de los actores que fungen en sus respectivas palestras, foros o canchas.
Surgen las voces enérgicas, investidas por la autoridad que millones de ciudadanos creen tener para opinar, proponer, sugerir o incluso ordenar las decisiones, los objetivos, la composición de protagonistas que lidien en esos ámbitos. ¡Qué ilusos!
No se percatan que en ambos los dueños del logotipo o del balón son los que realmente deciden, manipulan, informan o desinforman y que sólo quieren de los ciudadanos den su voto o compren su boleto y sean meros espectadores de lo que suceda. Bestias útiles de dos competencias en donde se finge que tienen voz, pero nunca voto real y decisivo.
¿En dónde yace entonces la fuerza, la solidez, el respeto, la aceptación en que los líderes de ambos ámbitos se apoyan para hacer y deshacer? ¿En la ley o en las normas de un juego? ¿En sus antecedentes y calidad moral? ¿En el poderío político o económico? ¿En su expertise, talento o visión estratégica? ¿O en la pasividad con que el ciudadano o el espectador actúan después de ejercido un voto o comprada una entrada, tras dejar atrás la furia o el reclamo que lo motivaron a ir otra vez a una urna o a un estadio?
Se ha dicho que el pueblo mexicano está encadenado a atavismos. Incluso se llego a afirmar que, por más que lo intentara, no podría salir de su destino manifiesto, del guion pre-escrito por alguna mano mística y sobrehumana que habría de atacar indefectiblemente.

Pero esto no ha sido cierto del todo. Porque en el 2000 el antes invencible grupo hegemónico fue derrotado. Y en 1999 y en 2005 dos colectivos mexicanos lograron entronizarse. Victorias que fueron útiles en su momento pero que ahora, años después, resultaron fútiles pues quienes ahora lideran esos ámbitos carecen de resultados, de elementos y de fundamentos para el éxito.
2018 fue un momento. Un sexenio desastroso en varios aspectos dio lugar para que Andrés López fuera aceptado como “rayito de esperanza” y se le diera espacio a su Morena para intentar una transformación integral y profunda en el país en cuestiones políticas, sociales, económicas, de seguridad. Y después de cuatro años…. Cero avance y puro retroceso que han develado al rayito como una autentica llamarada de petate, un chisporroteo pinchurriento que no calentó y solo tiznó estructuras, normas, controles, personas. Y su partido, su “Cuarta T” descubierta como un muégano izquierdistoide plena de incongruencias, nepotismo y corrupción.
2018 fue el otro momento. Entusiasmo por una selección calificada muy pronto. Pléyade de jugadores hábiles, fogueados y con nómina alta que dominaron nuevamente el pequeño mundo de la CONCACAF y encauzaron su anhelo para llegar, ahora sí, al quinto partido. Y ganan a Alemania y a Corea... Pero pierden ante Suecia. Y luego, ante Brasil… La cantaleta y la resignación de un “jugaron como nunca y perdieron como siempre”.
Y las disculpas en ambos frentes.
Por un lado, las oscuras fuerzas de los fifís, conservadores, aspiracioncitas, mafia del poder anterior han impedido nuestra llegada al Olimpo noruego o al Edén Saopaulista.

Y por el otro la falta de fogueo de jugadores o la falta de fuerzas básicas o los favoritismos para elegir seleccionados, a fin de congraciarse con los dueños del balón nacional o las televisoras o…
¿Qué esperar para el 2024? ¿Y para el 2026? ¿Algún supuesto milagro o señal luminosa que nos ubique en el camino de ladrillos amarillos, ruta necesaria para ser felices por siempre jamás? ¿Algunos otros personajes que aparezcan en los ámbitos político o futbolero como Estrellas Polares o Líderes Santificados por algún designio humano o divino que sean quienes nos conduzcan al primer mundo o a levantar, triunfantes, la copa FIFA?
¿Y seremos nuevamente cómplices de ello, delincuentes de omisión que “dejemos hacer, dejemos pasar” más juglares y flautistas y merolicos dirigiendo nuestro destino colectivo, porque no hay nada que hacer?
¿O provocaremos nosotros mismos un milagro real, auténtico, tangible y poderoso para dar pasos firmes hacia el éxito y hacia el bienestar individual y general, exigiendo a aquellos lo que les corresponde hacer y, al tiempo, exigiéndonos a nosotros mismos lo propio?