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#ElOcasoDelCacique

Después de mi.... ¿El diluvio?

Después de mi.... ¿El diluvio?
Parte 17 del ocaso de #ElOcasoDelCacique no se pierdan este extraordinario relato por: @SergioRenovado

Décimo séptima entrega de: El Ocaso del Cacique.

No te pierdas la parte anterior aquí:

Empieza el derrumbe.

-¿Sabe qué, Señor? Si a esas vamos… Ya nos vimos. Desde este momento, he decidido dejar de trabajar para usted. Hasta nunca

Hay momentos cruciales en la vida de cualquier persona… Momentos que significan un parteaguas entre el antes y después, de tal suerte que todo cambia a partir de una decisión. Dentro de Jesús operó un resquebrajamiento total de lo que él consideraba como la piedra angular de su ser y de su actuación con el líder… la razón de seguirlo se desvaneció… ¡No podía más! En el pasado había renunciado a una promisoria carrera como comunicador y a una vida personal plena con tal de seguir los ideales encomiables que el líder había enarbolado: justicia, verdad, honestidad, certeza, congruencia, amor real a las causas de los desprotegidos… y ahora… ese hombre tan admirado se había trocado, en apenas dos años, en un ser ambicioso, intolerante, mezquino, ávido de poder por el poder y no para el servicio. El momento de la verdad había llegado para Jesús

Se levantó de la silla, hizo una ligera reverencia y se dirigió cabizbajo, pero con paso firme a la puerta.

- ¿A dónde vas? ¡Párate ahorita mismo! ¡Ven inmediatamente!

Jesús abrió la puerta y volteó mostrando una expresión amarga, casi al borde de las lágrimas

-No, Licenciado. Aquí nos separamos… Siga su camino… Pero sin mi

- ¡No me puedes dejar así como así! ¡No ahora! Deja de hacer rabietas de mocoso pndejo y ven para acá… Mira que si me encabrno no te la vas a acabar…

- ¿Sabe qué? ¡Me importan un carajo sus amenazas! ¡Ya estoy hasta la mdre de usted!

- ¡JESUS! A mí no me…

En la mente de Dante no pudo haberse representado mejor esa escena, para incluirla en su Divina Comedia. Como en cámara lenta, el líder se levantó de su sillón con el rostro congestionado por la ira y alzó el brazo izquierdo… Casi de inmediato, un fortísimo dolor en el pecho le obligó a flexionar primero el brazo derecho y después el mismo izquierdo, cruzando ambos por encima de la caja torácica y cayó sobre el borde del escritorio primero y después hasta el suelo. Su rostro estaba lívido.

El Pelochas quedó atónito durante un momento y después corrió hacia el líder desfallecido. Jesús se mantuvo impávido en el quicio de la puerta. Recordó de inmediato la escena que el líder protagonizó en días anteriores. No iba a caer otra vez en un juego tan burdo. Salió del despacho rumbo a su propia oficina, no sin antes pedirle al guardia de seguridad que estaba apostado en la puerta que llamara al médico cubano.

Al llegar a su despacho se derrumbó en su sillón. El paso que había dado le obligaría a tomar medidas pertinentes tanto para el líder como para sí mismo. Habría de atender lo primero por la razón obvia de un control de daños. En cuanto a lo segundo… Se trataba de salvaguardar su propia vida.

Prendió el vigésimo cigarrillo del día… ¿Por donde empezar? Su escritorio era un caos, con un montón de papeles (algunos de ellos comprometedores), pero arreglarlo podría esperar…

Lo primero… Escribir una renuncia adecuada para salvar las apariencias y ubicar la mejor vía y momento para hacerla pública.

Lo segundo… Obvio… Él sabía mucho más y de más temas que el Seco, por lo que llevaba varios años recabando datos aquí y allá sobre cuestiones tan delicadas que, en las manos inadecuadas de algún opositor, podrían significar tanto un verdadero blindaje para seguir vivo como una fuente alternativa y muy cuantiosa de ingresos que le permitiría huir del país y vivir con bastante tranquilidad durante varios años. Prendió su computadora y, al mismo tiempo en que abría el procesador de texto, empezó a revisar los archivos que había guardado en su nube cibernética y a la que sólo se podría acceder con montones de filtros de ultra seguridad.

-A ver… Sr. Presidente… Por este conducto me permito informarle que he decidido…

La puerta de su despacho se abrió con violencia. La esposa del líder entró gritando

- ¡Jesús! ¡Tienes que venir inmediatamente! ¡El viejo está muy grave! ¡Te necesito! ¡No sé qué hacer!

Jesús casi entró en shock. Cerró como pudo el acceso a su computadora y salió de su despacho prácticamente arrastrado por la esposa, quien firmemente le llevaba asido de la mano. Casi corriendo recorrieron en un santiamén varios pasillos hasta la recámara presidencial. Algunos guardias, el Pelochas y un par de funcionarios estaban en la puerta, todos consternados. Entraron. El líder yacía en su cama. Podía asumirse, por la palidez de su cara, que no era él sino su efigie en cera la que era auscultada en ese momento por el equipo médico congregado a su alrededor. Con todo y el sentimiento de culpa que tenía, Jesús no pudo dejar de sonreír al verle así e imaginarlo en el Museo de la Ciudad, para beneplácito y admiración de sus miles de seguidores. ¡Qué ironía!

- ¿Cómo está, Choquito? Dígame por favor la verdad.

El médico se quitó el estetoscopio y miró el monitor del electrocardiógrafo situado junto a la cama. Agachó la cabeza y cerró un instante los ojos, como para ordenar sus ideas

-Mire señora… Es un caso no grave… ¡GRAVÍSIMO! Lo he podido mantener más o menos bien pero su temperamento y su necedad por seguir en el merengue lo han complicado todo. Ahorita le di un coctelito suave para relajarlo mientras lo llevamos al hospital. Aquí no tengo el equipo para atenderlo como necesita. Su pupila no reacciona bien… Su sistema neurológico…

-Pe… pero… El estaba bien en la mañana… Desayunó y comió lo que usted le ordenó. Fue a su conferencia tranquilo, estaba de buen ánimo… Hasta me…

-Y yo lo chequé antes de la mañanera, como todos los días. A ver Jesús: ¿Fue a algún evento?

- No salió en todo el día…

 ¿Y habló con alguien? Por lo que deduzco, algo o alguien lo alteró bastante. Tuvo un preinfarto

Jesús tragó saliva y se quedó viendo la faz del líder hasta que oyó el comentario avinagrado de la esposa

-Bueno si… Estuvo aquí ese reporterucho…

-Señora… Esos son temas que el licenciado no quiere que se ventilen en público

-No creo que le afecte. Además… En este cuchitril todo el mundo se entera de todo

-Discreción por favor, Señora

El médico estaba extrañado. ¿Cómo podrían ponerse a discutir algo así, en una situación de emergencia como esa? Contrariamente a su discreto papel, decidió zanjar la discusión y, con un tono determinado, aplacó a los dos

-Bueno, bueno, bueno. Hay que llamar al equipo logístico. Urge llevarlo al Sanatorio del Arcángel… No recomiendo, por lo mismo, ni camionetas ni ambulancias… Tendrá que ser por helicóptero

¿Cómo persuadir a alguien para actuar en cierta forma, sin decirle las razones verdaderas, reales para ello? Jesús tenía que encontrar una salida que no implicara descubrir las ultimas tropelías del líder. Entre el deseo de largarse inmediatamente de ahí o dejarse llevar nuevamente por la fidelidad a quien (con todo) tanto admiraba y seguirle protegiendo, prevaleció lo segundo

- ¿Al del Arcángel? Es que ahí no hay…

-Para lo que necesito, es el Hospital más preparado, con mejor equipo

-…luz… Y está algo lejos… ¿No habrá algo más cerca? La ciudad es muy grande…

El médico sonrió como comprendiendo el conflicto de Jesús

-Bueno… Podemos ir al Francés… Está a pocos minutos de aquí… No es tan bueno como el otro, pero puede servir.

- ¡Yo me encargo!

Algunos minutos y llamadas después, desde la azotea del Palacio, Jesús vio partir al líder en el helicóptero junto con una pequeña comitiva. Junto a él, el Pelochas miraba azorado.

-Y ora… ¿Qué sigue? ¿Voy o no voy a Acapulco?

Jesús le contestó con sequedad

-Se suspende todo. Vete a tu casa

- ¡Quiúbole! No me hable así. Usté no es mi jefe… El licenciado es mi jefe.

-Pero el licenciado no está disponible, así que te puedes ir a tu casa o a la…

-Mire… Yo no permito a naiden que me trate así…

Con la mirada fija en el enorme matón, Jesús chasqueó los dedos. Dos guardias casi tan enormes como el Pelochas aparecieron a ambos lados de él.

-Ta bien. Ta bien… Ya me voy… Solo quiero saber qué voy a hacer en delante

-Yo te aviso. Vete

En cuanto partió el molesto bravucón, Jesús se dirigió nuevamente al despacho presidencial para preparar lo que se necesitaría ante la ausencia del líder.

No es que quisiera pavonearse ocupando su espacio o sentándose en su escritorio, pero requería usar su computadora y, sobre todo, sus teléfonos personales y privados para hacer de inmediato las llamadas y arreglos necesarios para que la maquinaria del poder siguiera operando. Y preveía que, por el tamaño de sus egos, varios de los involucrados en ello no responderían igual si notaban que se les llamaba o convocaba desde el equipo del minúsculo jefe de prensa

Cerca de la media noche, una veintena de personalidades somnolientas descansaban sus atribulados cuerpos en las sillas de la sala bunker. Para su sorpresa no entró el líder sino Jesús, quien les saludó y se sentó en la cabecera de la mesa dirigiéndoles a todos una rápida mirada.

-Buenas noches. Disculpen la hora, pero era necesario que vinieran. Estamos en una situación de emergencia. El licenciado está muy, pero muy grave.

Los hombres y mujeres pasaron súbitamente de la modorra al despabilamiento generando una ola de murmullos y gestos de perplejidad. “Parecen gallinas alborotadas”, pensó Jesús

¿Cómo fue? ¿Qué pasó? ¿A qué hora? Tras una andanada de preguntas repetitivas y fastidiosas que Jesús contestó a medias, volvió a tomar la palabra

- ¡Su atención por favor! No necesito recordarles que es un momento complicado tanto para nuestro querido licenciado como para el país. Hay mucho en juego y nuestro objetivo primordial es mantener todo bajo control hasta que él regrese…

- “¿Y cuándo será eso?”, preguntó la solícita secretaria de Energización

- “¡Me siento muy triste!” comentó la novel secretaria laboral

- “Ya nos llevó la ching…!” agregó apesadumbrado el rudo responsable de Seguridad

Jesús levantó las manos y todos callaron en automático. Durante un instante, pudo saborear la sensación del poder supremo del líder. Con ese estilo de gobernanza piramidal y sumamente autoritario con que operaba en su cargo, el líder había logrado someterlos y controlarlos a todos, tan disímbolos en caracteres e intereses, para que bailaran al son que él quería.

Ni siquiera Don Francisco, el expresidente a quien tanto admiraba el líder, pudo conjuntar un equipo de trabajo de esa manera. El gran pero en esa comparación es que Don Francisco ejerció el poder apoyándose de pleno en la estructura del partido entonces invencible, un auténtico semillero de incondicionales capaces y disciplinados mientras que el líder carecía de esa fortaleza. A los ojos de Jesús era como comparar una losa de concreto perfectamente unida con cemento de primera calidad con un muégano amorfo, cuya sustancia adhesiva era el carisma del líder. Eso hacía más grave la crisis por la que pasaba. Jesús prosiguió

-Lo primero que debemos hacer es justificar la ausencia del Licenciado, de una manera creíble, pero sin revelar la verdadera razón por la que no estará en la conferencia de mañana… Ni en las de esta semana

Un silencio -literalmente- sepulcral inundó la sala. La temblorosa mano del secretario de Salud pidió la palabra

-Pues considero que, lo más lógico, es que se diga que se volvió a contagiar del virus

Un murmullo de aprobación circuló entre todos

-Ok, ok... -continuó Jesús- Así será… Yo me encargo. ¡Abogado Esquer!

El aludido se levantó de su asiento cual si fuera una orden militar

- ¡Si, Señor!

Varias risas discretas se escucharon en la sala. Jesús se acordó del experimento de Pávlov

-Como abogado de la Presidencia díganos: ¿Qué dice la normatividad al respecto?

-En caso de ausencia del presidente, debe sustituirlo el Titular del Interior

19 pares de ojos voltearon a ver a Alma quien se ruborizó al instante. Con cierta torpeza se levantó de su silla

-Y…yo… Si… Claro… Lo haré

La siguiente hora la junta se desarrolló sin incidentes graves, no tanto porque los asistentes fueran profesionales competentes de la Administración Pública, sino por la costumbre de la sumisión hacia quien se sentara en la silla presidencial, aunque fuera un funcionario de un nivel muy bajo como era Jesús. Claro que él tenía cierto liderazgo y compartía en parte el poder de decisión al ser ejecutor de las órdenes del líder, pero no era lo mismo.

Al verlos partir, cerca de la una de la mañana, Jesús comprendió el difícil trance en que se encontraba la cúpula del poder. En la práctica el líder había quemado todas las naves, institucionales o no, para que en su ausencia el país pudiese contar con una estructura eficaz, eficiente y efectiva para darle continuidad y viabilidad a su proyecto. Ante esa situación y muy a pesar de su formación liberal, Jesús tuvo que reconocer, como aplicable para el líder, una frase propia del aberrante Rey Sol francés:

“El Estado Soy yo”

Al día siguiente, los habituales asistentes de la conferencia mañanera se encontraron con la novedad de que ésta sería presidida por la secretaria Alma, a quien vieron ingresar a la sala respectiva con paso vacilante. Ella empezó a hablar conforme al guión que Jenaro le había preparado para ese evento. Con todo y su trayectoria de años en el poder judicial, el tartamudeo y la débil presencia mediática de Alma le hacían parecer una pasante de Derecho más que ex ministra de justicia,

Mientras hablaba, Jesús trató de imaginarse a los otros miembros del gabinete ocupando el lugar de Alma. Su imaginación se extendió a los demás líderes del partido y de los grupos afines a su movimiento. Pero no encontraba a alguno que pudiera acercarse siquiera a la magnética fuerza, a la vitalidad, a la solidez del líder. En su mente apareció la frase de otro Luis, el XV:

“Después de mi… ¡El Diluvio!

Una pregunta inquisitiva le sacó de su abstracción. Reconoció la voz del reportero tabasqueño:

-Secretaría Alma… Nuestro corresponsal en el Hospital Francés indica que el Lic. Robles ingresó ayer por la noche a esas instalaciones, pero no por recaída de contagio viral, sino por un infarto…

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El derecho a disentir es el derecho de la inteligencia.

— Avelina Lésper

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