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Yo sí soy conservador.

Últimamente, en el hablar diario a nivel nacional se ha estigmatizado la palabra “conservador” como sinónimo de maldad, de corrupción y de otros muchos apelativos que a nuestro presidente conviene marcar, para sus propósitos, a fuego en el inconsciente

Ray Balderas

Últimamente, en el hablar diario a nivel nacional se ha estigmatizado la palabra “conservador” como sinónimo de maldad, de corrupción y de otros muchos apelativos que a nuestro presidente conviene marcar, para sus propósitos, a fuego en el inconsciente

de la población. Pero tal vez pocos nos hemos tomado el tiempo para indagar sí es correcto lo que se dicta desde el púlpito más importante de la nación, o si se trata solamente de una interpretación a la que hay que dar respuesta personal y directa.

Mi investigación me llevó a encontrar a un filósofo inglés llamado Róger Scruton, quien en su libro “Cómo ser conservador”, realiza un análisis de las raíces de este pensamiento, las enfrenta al concepto de liberalismo y explica por qué el discurso de este último resulta tan atractivo en estos tiempos. Su trabajo empieza dividiendo el conservadurismo en dos: el metafísico, que se basa en la creencia de cosas sagradas y el deseo de defenderlas; el empírico, basado en todo aquello que hemos heredado y que deseamos conservar porque lo consideramos bueno, por ejemplo, la libertad de vivir según nuestros deseos, la seguridad de obtener justicia de forma imparcial, el respeto al medio ambiente, a la cultura, a los medios democráticos de elección, al civismo, a la propiedad privada, a la vida familiar, entre muchas otras que damos por hecho, pero que se encuentran en riesgo.

El conservadurismo toma como punto inicial uno de sus principales problemas: que la creación de cosas buenas toma mucho tiempo, y su destrucción muy poco. Se pueden pasar décadas pensando y trabajando lentamente en la construcción y mejora de costumbres, cultura e instituciones, y en unos cuantos cruces de papeles, firmas, y discursos, ser destruidas; este fenómeno lo hemos observado con el “al diablo sus instituciones”, que nos es tan familiar.

El trabajo de edificación, además de ser lento, es poco atractivo en las arengas políticas, a casi nadie le gusta que le digan que tiene que trabajar y esforzarse, sacrificarse y ser disciplinado para lograr algo, mucho menos que tendrá que estar de acuerdo o negociar en situaciones difíciles. Su contraparte, el discurso liberal, es euforizante y muy fácil. Imagine por un momento lo que describo como la construcción de un enorme edificio, con todas las etapas que esto conlleva, la planeación, la localización del terreno óptimo, el financiamiento y el proceso de colocación pieza por pieza, hasta el día de la inauguración. Sería muy complejo que una persona estuviera dispuesta a presenciar todo el proceso de construcción de un edificio, a diferencia del revuelo que se provocaría sí ese edificio fuera demolido. Colocar las cargas explosivas toma muy poco tiempo, y menos tiempo aún el hacerlas estallar; imagine los pedazos de escombro volando por todos lados con ruido y polvo, y los gritos de los muchos espectadores que estarían dispuestos a asistir al espectáculo.

Ahora, de forma mental, traslade este ejemplo al discurso político actual a nivel mundial, Trump, Bolsonaro, López, es su herramienta principal de convencimiento. Dicho esto, es fácil ver por qué tanta gente apoya últimamente la ola del liberalismo, el participar en la destrucción de todo, como se conoce, es divertido, y más aún si el resultado prometido es siempre mejor que lo que había antes, que es lo requerido inmediatamente después de la demolición.

¡Trampa!, porque pocas veces la realidad se apega a las promesas y más, viniendo de gente que nunca ha construido nada.

Es importante puntualizar, que el conservadurismo no es una corriente de pensamiento que se oponga al cambio; se opone a las formas del cambio. Busca en la prudencia, o “frónesis”, como le llamaban los griegos, la mezcla correcta de conocimientos previos y experiencia para poder proyectar los resultados esperados, el salto a lo desconocido resulta en el sentimiento de riesgo a quedar peor de como se estaba. Entendamos pues al conservadurismo como un ajuste en las velas, y al liberalismo como un golpe de timón, si de un barco se tratara.

Otra diferencia importante es que para un conservador el pasado no es malo, no le debe nada, se ha aprendido de el y se puede mejorar. Un liberal piensa que el pasado no es puro, por lo que hay que regresar a el para limpiarlo, cobrar lo que se debe y reflejarlo en el presente; se siente víctima de lo anterior. El presente, para el conservador es un puente hacia el futuro, para el libertario, una oportunidad para volver atrás.

Una de las metáforas que más me gusta utilizar para referirme a los cambios y a lo que considero debería ser la forma de manejar un sin número de situaciones, es imaginar un barco que zarpó en algún punto con un rumbo, y que de pronto se encuentra a la deriva. El proceder racional y más congruente desde mi punto de vista, si se ha perdido el rumbo, es un ajuste en las velas, una vuelta de timón o una redirección para seguir hacia un nuevo lugar. Lo que hacemos muchas veces, por pensar con las tripas y no con la cabeza, es desandar el camino recorrido, regresar a puerto, desensamblar el barco, armarlo diferente y volver a salir, para en poco tiempo encontrarnos una vez más en medio del mar, a la deriva, sin saber que hacer. Ese es México.

Por eso, me declaro conservador, quiero el progreso, meditado, pensado, que tome tiempo, aunque no sea mágico y emocionante, pero sí estable, duradero y generalizado, que si encontramos aguas bravas en el camino, sepamos cómo domarlas y no perder el rumbo, ni el tiempo en volver a empezar.

 

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