En espera del salvador, salimos trasquilados.
Esperando a Kukulkán.
En 1521, los habitantes del valle de México, y casi de todo lo que en ese entonces no era un país, sino varios grupos que vivían en diferentes partes de un vasto territorio, se encontraban esperando que se cumpliera una profecía casi universal para la ahora llamada Mesoamérica, la llegada de un dios que vendría del cielo a llevarlos a su futuro maravilloso.
Las características eran variables según la zona y la leyenda, qué si rubio de ojos azules, qué si barbado, con poderes de todos tipos, pero iba a llegar para hacer prosperar a su pueblo elegido.
Mientras esos grupos se agarraban del moco entre ellos, o se aliaban los de una ciudad con otra que tenía un enemigo común, todos, o casi todos esperaban la llegada del ser mágico.
Así encontraron Hernán Cortés y sus soldados a los aztecas, que cuentan las malas lenguas, los recibieron como el dios prometido, y cuando se dieron cuenta, ya los habían sometido, contagiado de enfermedades que en América no existían y ya no pudieron zafarse. Esa es la historia, somos una mezcla de las mezclas de cada raza, pero me salgo del tema.
Quizá si no hubiera habido la tal profecía, los autóctonos no hubieran recibido a los conquistadores con banquetes, y si con las armas en la mano. Pasaron muchos años para que el pueblo se asentara, se quitara, casi sin querer, la dominación española, y empezara a transitar por un camino pedregoso llamado democracia. No me detengo en imperios, golpes de estado, traiciones de propios y extraños una revolución que no fue una, y pego un brinco de superhéroe al período post revolucionario.
Posteriormente, no hace mucho, el pueblo nacido de ese crisol de razas y esos baños de sangre, estaba esperando a un salvador que les quitara de encima la maldición de los malos gobiernos. Gobiernos que a base de una educación sesgada los habían convencido de que necesitaban una serie de líderes que los tenían que guiar, porque ellos solos no eran suficientemente maduros para hacerlo solos.
Y la “profecía” se volvió a cumplir, los avances logrados a lo largo de tanto tiempo, que, si bien no eran un producto terminado iban en buen camino, se hipotecaron dándole todo el poder al nuevo dios y a su cohorte celestial.
Pasado un tiempo muy corto, los autóctonos se dieron cuenta de que el dios no era dios, exactamente como los aztecas, pero ya lo habían invitado a los banquetes, y le habían rendido la ciudad. No estoy seguro si hubo en tiempos de Moctezuma gente que haya estado en contra de darle la bienvenida a Cortés, pero en la segunda llegada del dios, si la hubo, pero nunca salieron de su zona de confort, salvo excepciones, y permitieron una segunda conquista, ahora interna y disfrazada de bendición.
Todo este rollo va porque la gente que se ha dado cuenta de la mortalidad del dios, sigue esperando a Quetzalcóatl, Kukulkán, o para el mismo caso, a Batman.
Tenemos que dejar de pensar que alguien, ya sea Trump, Biden, la ONU, o los Avengers van a venir a sacarnos de la bronca en que nos metimos, al recibir al Kukulkán criollo.
La moraleja de esta historia es, que cuando estamos esperando al ser divino que nos va a salvar de nuestros propios problemas, le abrimos la puerta a los vivales que sólo nos quieren esclavizar, y si se ponen a pensar, nunca hasta este momento ni Quetzalcóatl, ni Kukulkán, ni Batman han respondido a la batiseñal.
Nos han dejado solos, y solos tenemos que sacudirnos al dios espurio.