#ViernesDeSexo
Desatando la tempestad.
Los rayos del sol se cuelan por resquicios entre las persianas, mientras el trino de las aves y la claridad del cielo sugieren una tranquila y agradable mañana. Sin embargo, al despertar, ninguno de los dos teníamos idea del intenso temporal que de pronto en nuestra habitación se habría de desatar.
Todo comenzó con un apacible paseo de mi tacto por el sendero que lo guiaba por su desnudez.
Abrí mis ojos para contemplar ese hermoso escenario que siempre me brinda su piel, y mis manos sin correa por su cuerpo y sin dudarlo se escaparon a jugar. Subieron y bajaron las laderas de sus caderas para por su abdomen retornar, para finalmente en la cima de sus pechos un momento decidieron reposar.
Sus manos entonces tomaron a las mías por sorpresa, y fue ahí cuando todo durante ese pacifico amanecer empezó a cambiar, pues sobre si misma ella se habría de girar para encontrarse de frente con mi rostro y con su mirada en llamas comenzar a desatar la tempestad.
Sus piernas fueron las primeras en comenzar el abordaje de mi anatomía.
Después sus manos me tomaron firme por el pelo y un intenso beso ahí se vino a formar. Su cuerpo pronto siento como mueve sobre el mío como un mar embravecido el cual me desafía a que sus aguas surque con habilidad.
La suave brisa que resultaban de inicio las caricias, de pronto en la más intempestiva tormenta se tornó. Los besos cambiamos por bocados con los cuales ella y yo nos ansiábamos probar. El vendaval de agitadas exhalaciones dejó sentir su furia sobre la piel ajena durante este inmenso e intenso querer.
Mis labios que transitan por su cuerpo se arrastran ahora hasta su cuello buscando todo a su paso devorar, mientras, al sentirme en ella, me percato como sus manos sobre mi espalda con fuerza se empiezan a aferrar, buscando con dedos y uñas en ella poderse anclar.
El clamor de una sirena me parece de repente escuchar durante el apogeo de este torbellino de emociones, una vorágine de sensaciones que con un fuerte abrazo súbitamente habría de terminar.
Nuestras miradas una vez más coinciden durante esta nueva calma, y de felicidad en ambos las risas estallan al sabernos dentro del ojo del huracán, indicativo de que muy pronto nos veremos envueltos en una nueva tempestad.