El acuerdo fue que no la puedo tocar.
Brindis navideño.
Hoy es una fecha especial, pues hemos en conjunto y a solas, decidido celebrar esta Navidad. Sentado junto al árbol espero la llegada de mi amada; sus luces coloridas contrastan con las velas encendidas en la sala, dándole al lugar un calor acogedor y sumamente especial.
Al descender las escaleras, atestiguo como baja un ángel como si del cielo mismo lo hiciera. Ataviada con un corto y elegante vestido color rojo, y su cabeza un navideño gorro engalana. Medias negras complementan su ajuar, el cual me ha hecho de pronto recordar nuestro acuerdo: que mis manos, (ignoro yo cómo), por un tiempo y para celebrar tendré que controlar.

No puedo evitar el envolverle sin embargo en un abrazo al recibirle. Rodeo su cintura con mis brazos, ella por sobre mis hombros replica mis actos, y el conectar de nuestras miradas marca el inicio de una suave danza, con alegres melodías navideñas que nos acompañan.
“Que hermosa luces”, se me escapa esta oración emanada del alma.
Y es que en verdad luce radiante, con un hermoso brillo en sus ojos y una sonrisa despampanante. Su respuesta a dicho alago es un beso que apenas roza mis labios, seguido del recorrer de su mano por mi barba, y de ahí pasa a tomarme de mi corbata y llevarme por completo hipnotizado a sentarme sobre la alfombra y a su lado.
Sirvo vino en un par de copas y le entrego la suya para este brindis navideño comenzar.
Empiezo a contarle una historia, pero en su mirar, su fuego denota que ella no tiene intención alguna de platicar. Me interrumpe para decirme que le incomodan sus tacones, y que por favor le ayude a ambos retirar. Al cumplir su petición, ella con satisfacción sonríe, pues al instante percibe como mi respiración se ha agitado, y con las palabras me he tropezado, al sentir el roce de sus pies sobre mi visible excitación.

Intento con dificultades retomar el curso de la charla, cuando de pronto ella con cuidado a mi cuerpo se aproxima, y con su mano me comienza en forma ascendente a recorrer el pantalón. Intento imitar el gesto y las caricias sobre su pierna, pero con un “no” que sale de su boca me recuerda que durante un tiempo y para celebrar, el acuerdo fue que no la puedo tocar.
“Sígueme platicando sobre esa historia”, comenta sin denotar en realidad interés en escuchar, pues su boca ahora invade mi cuello, mientras mi corbata jala y en su mano comienza a enrollar.
“¡Esto es un claro incumplimiento del acuerdo!”, protesto sin demora, y al tomarme de mi parte con mayor exaltación, ella contesta:
“¿Ah sí? ¿Y qué me harás ahora?”
Interrogante que respondo con un desenfrenado beso que nos lleva a recostarnos sobre el suelo y postergar este brindis navideño, para cuando terminemos de hacernos el amor.
No cabe duda de que la mejor época del año es cualquiera en la que me encuentre a su lado.