Mis 90 días en la 4T.

Parte 9: El presidente habla rapidísimo.

Una mala administración lleva a un exceso de burocracia, pero cuando no se sabe ni lo que está mal, ¿cómo mejorar?
| Opinión
Parte 9:  El presidente habla rapidísimo.

Después del somnoliento Gabinete de Seguridad nos dirigimos a la sala de trabajo cerca de las 6:00 am. Una oficina con cuatro computadoras y una impresora en la planta baja de Palacio Nacional, donde el equipo de la SSPC, mi equipo, o sea Claudia C, escribía las instrucciones que había dado el presidente durante el Gabinete de Seguridad y las enviaba por email a la SSPC. Quiero añadir que se hacía énfasis a aquellas instrucciones que el presidente daba a funcionarios ausentes.


—¡Puf! —Expresó mi jefe, el Magis, como si hubiera sido muy cansado lo que hizo al estar sentado a tres metros de López Obrador por 40 minutos.
—Tuvimos suerte, no hubo instrucciones extra —me atreví a decir.
—¿Qué? ¿Cómo? —Respondió contrariado el Magis—. ¿No viste que pidió a Ebrard y a Duarte dar seguimiento a las caravanas de inmigrantes y a Sheffield dar un nuevo reporte de las gasolinas el siguiente lunes?
—Sí, claro —respondí—. Eso lo hacen cada lunes y lo esperábamos ya, quiero decir que no hubo nada más —expliqué—. Ninguna instrucción nueva.
—Pues con esas dos en más que suficiente para dar seguimiento, subirlas al sistema y hacer los oficios para que se les dé seguimiento —expuso compungido el Magis—. ¡Un trabajal!
—Por supuesto —dije sin entender como esas dos instrucciones podrían ser algo complicado o que tome más de 15 minutos. Intenté entonces comentar algo diferente que llevará la atención de mi preocupado jefe a otro lado—. Lo bueno, es que el presidente habla bien despacito, Magis. Así no se le va nada de lo que dice.
¡Despacio? ¿Cómo crees! ¡Habla rapidísimo! —Dijo sorprendido de mi aseveración—. Dice tantas cosas y conecta tantas ideas diversas que no me doy abasto para apuntar todo —explicó el Magis—. Tiene una agilidad mental increíble, ya la quisiera yo —remató.
Quedé paralizado y patidifuso por un segundo. No tenía sentido lo que el Magis decía. En el universo en el que yo habito decir que López habla de prisa es sarcasmo. Es sátira política destilada, humor negro puro.
Mientras Claudia C se sentaba a escribir las dos instrucciones y enviarlas por email a la oficina para que se agregara a las que diría el Presidente en su mañanera, decidí irme al baño y salir de esa oficina. No se me ocurría como romper el ambiente que provoqué con mis ilegitimas aseveraciones.
Al caminar de vuelta a la sala de trabajo, sonó mi celular. Era un compañero de la oficina para preguntar cómo nos fue. Enfrente de mí un oficial me hizo una seña, yo le dije a mi compañero que lo llamaría más tarde.
—Buenos días, a sus órdenes —dije al soldado.
—Buenos días, licenciado. Soy el Mayor Ramírez del Estado Mayor, ¿me puede mostrar una identificación?
—Sí, claro —dije y saqué mi INE. Pero como ya me la sabía, me adelanté con la explicación al darle mi INE—. Vengo de la SSPC con el Magis.
—¡Ah vaya! —respondió aliviado.
El Mayor habló por radio, le dijo mi nombre a otro oficial y de inmediato le dieron respuesta.
—Sí —dijo y se aclaró la garganta—, es que mire, licenciado, tenemos un grave problema con su jefe porque nunca envía oficios para autorizar a las personas que lo acompañan. ¿Donde está el Magis?
Pues ni hablar, pensé. Era obvio que ya le habían dicho al Magis varias veces que registrara a su gente de antemano.
—Pues voy con él, está en la sala de trabajo. ¿Me sigue?
El Mayor Ramírez caminó atrás de mí, yo abrí la puerta e ingresé. El Mayor esperó en el umbral y le pidió al Magis que saliera. Era evidente que ya se conocían y que ese día ya se habían saludado. El Magis volvió tres minutos después con una sonrisa.
—¿Qué pasó Magis? —preguntó Claudia C.
—No, nada todo en orden —dijo el Magis con una sonrisa mentirosilla. Era obvia su farsa, pero yo no le iba a preguntar si lo había regañado—. Bueno, es hora de volver a la oficina —concluyó el Magis y nos retiramos de Palacio Nacional.
Llegamos alrededor de las 11 de la mañana a Constituyentes 985 y me dirigí a subir al sistema las dos instrucciones. Más tarde, el Magis convocó a una reunión de todo el equipo a las 18 horas.
El Magis arribó a las 18:25 y para romper el hielo y el malestar de 40 personas por su tardanza, se puso a hablar de como los periodistas, en especial Riva Palacio, dicen mentiras todos los días del Presidente. Luego, nos comentó puntos diversos sobre dar seguimiento a las instrucciones de la mañanera. Nada que no hubiera dicho antes. No me quedó entonces duda que lo suyo no era la correcta y eficaz administración del tiempo y menos el respeto por el tiempo de los demás. Y entonces sucedió:
—Ah, por último. Quiero comentarles lo que sucedió hoy en la mañana.
Eso no me gustó, no me gustó nadita su tono, sobre todo porque a partir de ese momento evitó mirarme a los ojos. Qué iría a decir, ¿que olvidó hacer mi oficio con fotografía y que por ende lo cagoteó un Sargento al entrar a Palacio y un Mayor después cuando salí al baño?
—Resulta que el día de hoy por la mañana, como ustedes saben nos acompañó el Maestro Torres a la mañanera, en Palacio.
Ok, pensé, va por ahí, pero, ¿qué podría decir para librarse de sus errores?
—Todo iba bien desde la entrada, llegamos todos a las cuatro de la mañana.
¡Híjole!, él llegó a las 5:45, pero no iba a interrumpirlo para desmentirlo.
—Pasamos bien el Gabinete de Seguridad, fue muy intenso, apuntamos todo lo dicho Claudia y yo, tomamos nota y al terminar nos dirigimos a la sala de trabajo para enviarles el correo.
Sí, muy intenso, se ha de haber fatigado al apuntar dos instrucciones, pensé. Quedó traumatizado.
—Mientras Claudia y yo trabajamos arduamente en la elaboración del correo electrónico.
Aquí va, ¿qué coños iría a decir? ¿Claudia y yo? Sí, solo Claudia C escribe en la compu, él ni siquiera revisa la ortografía de las notas. Yo sabía que diría algo de mí, pero no entendía qué ni con qué motivo.
—El maestro salió al baño.
Here we go.
—Y cuando volvió a la oficina, no regresó solo, vino acompañado por una tropa militar.
Era el Mayor Ramírez, pensé y me reí. “¿Una tropa?” Estuve a punto de preguntar, pero no dije nada, lo que no podía era dejar de reír. Decidí escuchar que añadiría el Magis a la tropa de uno.
El Estado Mayor Presidencial me hizo dejar el trabajo, el reporte de las instrucciones presidenciales para llamarnos la atención, a todo la secretaría, a toda la SSPC, incluyendo al Secretario Durazo. No crean mi palabra, ahí estaba Claudia C y el mismo maestro.
¡No mames! ¡El Mayor Ramírez no iba a regañar al Secretario Durazo por conducto del Magis! ¡Parfavar! Yo me reí al escucharlo, ¿quién le creería eso?, me preguntaba. Pero varios compañeros me veían como si yo fuera el mismo Carlos Salinas. No podía hilar palabras, era un cuento de hadas lo que decía el Magis. Parecía que estaba en un stand up y además seguía rehuyendo mi mirada, ¡qué cobarde!, pensé.
Y es que su compañero, el maestro Torres, salió al baño y se la pasó tomándose fotos por todo el Palacio Nacional como turista.
Se me cayó la quijada y me quedé paralizado.
—Así que va a ser difícil que alguno de ustedes me pueda volver a acompañar a Palacio Nacional, si quieren darle las gracias al maestro Torres, adelante. —Dijo y se puso de pie sin voltear a verme—. Y vámonos que hay que seguir trabajando, apenas son las 7:30 del a noche.


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Andrés Torres-Scott


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