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Mis 90 días en la 4T.

Parte 7. El día que fui al Gabinete de Seguridad del Presidente.

En la calle de moneda a las 4:30 de la mañana...
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Parte 7. El día que fui al Gabinete de Seguridad del Presidente.

Les advierto a mis lectores que no diré ningún secreto nacional sobre los temas que ahí se tocan. Y no lo haré porque ahí no se tocan temas delicados. Bueno, sí se tocan, pero poquito, porque resulta que hay soplones. Y es que me dijeron que cada vez que asiste el Procurador de Profeco, Sheffield, el Secretario de Turismo, Torruco o el Presidente de Infonavit, Carlos Martínez; los secretarios de Defensa, Marina y Seguridad se abstienen de hacer presentaciones o comentarios delicados, porque en cuanto salen de la reunión, la información de lo platicado ya está en Twitter o en los programas de radio de la mañana.

Para ingresar al Gabinete de Seguridad, la cosa está así, me explicó el Magis:
—Llegas a la calle de Moneda a las 4:45 de la mañana el lunes. No hay estacionamientos abiertos a esa hora, así que tendrás que llegar en Uber o un taxi. Yo te voy a indicar dónde es el Gabinete de Seguridad.
¿Estaré en una lista registrado?
—No, no es necesario, con que entres conmigo es suficiente.
—Entendido.
—Me vas a seguir en silencio. Vamos a subir unas escaleras, tú te vas a pasar hasta el fondo, no hables con nadie. De seguro, Claudia C ya estará ahí, te acomodas atrás de la pantalla con ella.
—Correcto.
—En la sala del gabinete hay una mesa en forme de herradura. En la cabecera se sienta el Presidente, a su derecha la Jefa de Gobierno, luego el Secretario de Seguridad. A su izquierda están los secretarios de Defensa y Marina.
¿La Jefa de Gobierno se sienta junto al Presidente? Pero, ¿no es el Secretario Durazo el Secretario Técnico del Gabinete de Seguridad?
—Pues sí, pero los lunes en que viene la Sheinbaum, al Presidente le gusta que se siente junto a él. Además, los lunes vienen de Profeco, este Sheffield y su tropa, para informar quién es quién en los precios de la gasolina. Y también viene Ebrard y Horacio Duarte a hablar de los inmigrantes centroamericanos.
—¿Duarte? ¿El Subsecretario del Trabajo? —Pregunté intrigado.
—Sí, recuerda que el Presidente asigna tareas sin importar el cargo. A Duarte le instruyó hacerse cargo de los migrantes centroamericanos. Por eso hay que ponerse atento, Andrés, porque el Presidente instruye cosas a mucha gente que no necesariamente debe ser la encargada y a veces que ni siquiera está presente.
—Y, ¿viene alguien del Instituto Nacional de Migración? —Pregunté contrariado.
—No, nadie. De los migrantes se encargan Ebrard y Duarte. Y bueno, está doña Olga por ahí, pero casi nunca habla. El otro día el Presidente le gritó: “¡Cállate tú!”
—Sí… Y ya que pasé al fondo… ¿Quiere que haga algo?
—No. Solo observa, ni vayas a tomar café ni nada, como si no estuvieras. Casi que ni platiques con nadie.
—¿Me va a presentar con alguien?
—No. ¿Para qué?
—Pues, me dijo que yo sería el Coordinador de Instrucciones y Seguimiento de la SSPC, y que el seguimiento de todas las instrucciones del Presidente estarán bajo mi responsabilidad. Creo que sería bueno que los demás lo supieran, ¿o no?
—No, ¿cómo crees? Aquí a nadie le interesa eso. Eso es interno nuestro, de la SSPC. Ni lo vayas a comentar.
—Entiendo —dije sin entender.
—Y no tengo que recordarte que no puedes platicar nada de lo que suceda adentro.
—Me parece obvio. Pero, ¿no habría que firmar algún documento? Digo, como para formalizarlo.
—No, para nada. Es que no eres abogado, ¿verdad?
—No, no soy.
—Ah, pues con razón eres tan burocrático.
“Soy tan burocrático”, me dije a mí mismo.

Ese lunes me levanté a las 3:30 de la mañana. Ya había dejado lista mi ropa, así que la vestida fue rápida. Había dejado programada la cafetera, pero sinceramente no se me antojó beber café a esa hora. De alguna manera, mi amada esposa me hizo el favor de llevarme a la calle de Moneda, lateral a Palacio Nacional a esas indignantes horas. Yo manejé de ida y arribamos cerca de las 4:35. Ya había una luz encendida, un solitario foco amarillezco, en la entrada lateral y cuatro soldados muy firmes.
—Buenos días, señor —dije a uno de los soldados.
—Buenos días, ¿viene a la mañanera?
—No, vengo al Gabinete.
—Correcto, ¿me muestra su INE? —Me pidió.
Aunque el Magis me había dicho que no necesitaba llevar nada, yo iba muy prevenido con mi INE en la bolsa de la camisa, así que se la mostré al soldado. Luego, leyó mi nombre en voz alta, como para asegurarse de que sí era yo. Entonces, comenzó a buscarme en una lista. Lo hizo varias veces, de hecho, llamó a otro compañero y le pidió ayuda para buscarme en la misma lista.
—Pues, no está en la lista. ¿De dónde viene?
En ese momento recordé al Magis decir: —No. No es necesario estar en ninguna lista.
—De la SSPC.
—¡Caray!, debería estar en la lista. Mire —dijo y me mostró rápidamente unos cuatro o cinco oficios que contenían incluso una fotografía del rostro de quienes asistirían, nombre, cargo, lugar de procedencia y sello—. Desde su Secretaría debieron de registrarlo así. ¿De cuál dice que viene?
—De la SSPC.
—¿Viene con el Magis?
—¡Sí! —dije con una sonrisa.
—A ver, ¿dígame el nombre completo del Magis?
—Jaime del Río.
—¿Por qué le dicen el Magis?
—Era magsitrado.
—¿De qué estado?
—Michoacán.
—¿De qué tribunal?
—Electoral.
—¡Ese Magis nunca envía oficios!, me va a meter en un problema —dijo el soldado.
Para ese entonces ya eran las 4:55 y yo todavía no entraba.
—¿Cree que pueda pasar? —Inquirí con humildad.
—Mire, vamos a hacer una cosa. Esperemos a la asistente del Magis, a Claudia y si ella lo reconoce, yo lo dejo pasar.
—Gracias, sí. Ella dijo que llegará a las 4:45, no debe tardar, ya son casi las cinco.
—Ah, ella llega como a las 5:30, si gusta esperar por allá —dijo y señaló afuera a la izquierda.
Obedecí.
Ahora sí se me había antojado un café. ¿Por qué me dijo el Magis que llegara a las 4:45 si nadie llega a esa hora? ¿Pensaría que soy de esos que llega una hora tarde? Fue hasta las 5:35 que se apareció mi compañera Claudia C, la vi descender de un Uber.
—Hola Andrés. Buenos días.
—Hola Claudia —dije sin humor.
—Hola sargento —dijo Claudia al soldado que platicó conmigo.
—Buenos días licenciada. ¿Lo conoce?
—Sí, claro viene conmigo. ¿No lo registraron?
—No, no lo registraron —respondió el militar—. Pasen.
—Sígueme —dijo Claudia.

Cruzamos el detector de metales, no me hicieron quitarme el cinturón, así que dudo de su eficacia. Entramos a Palacio Nacional, mientras caminamos me quejé.


Andrés Torres-Scott


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